¿Huelga de estudiantes, huelga contraproducente?

Estudiantes de todo el Estado se han sumado a la huelga que, con razón, convocan representantes de profesores y maestros. ¿Por qué? Motivos para estar cabreado, asustado e indignado no faltan. El aumento de las tasas universitarias, ver cómo cambia el sistema de becas y demás, son motivos suficientes para alarmarse. Ahora bien, ¿hasta qué punto la huelga de estudiantes es una forma útil de protestar? ¿Qué presión se ejerce con una huelga como la de hoy? Confío mucho en la preocupación social de los sindicatos de estudiantes, pero tengo dudas acerca de si convocar una huelga estudiantil de un día (ahora y siempre) sirve para condicionar algo. Al final, repitiendo este tipo de protestas quiénes a corto plazo salimos perjudicados somos los que estudiamos. No creo que nadie del Gobierno esté muy preocupado o atemorizado porque los estudiantes hoy hayan decidido no ir a clase. Una cosa es manifestarse, una interesante forma de presionar (que la mayoría de veces se queda corta), y otra cosa es, sencillamente, hacer campana. No creo que estemos en condiciones de renunciar a formarnos en exceso… Otra cosa es reivindicar la necesidad de ejercer presión mediante otras formas de protesta.

¡Estamos de exámenes!

En mi facultad estamos en esa época del año en la que, no se sabe por qué, más imprevistos te surgen, más libros te interesa leer, más noticias quieres contrastar, más cosas te replanteas (sí, el próximo trimestre empezaré con tiempo), más culebrones aparecen (¿me quiere o no me quiere?) o más entras en Facebook. ¡Estamos de exámenes! Y es en una de esas pausas eternas (¡eteeeernas!) que uno hace frente a la biblioteca y entre humo, mucho humo, cuando a veces se escucha algo sobre lo que vale la pena prestar atención.

No me refiero al último romance de la chica que está sentada delante de mí, ni tiene nada que ver con la conversación de esos estudiantes de Economía que hacen amago de estar trabajando ya para una gran corporación… Al fondo hay un grupo de estudiantes, quizá de Políticas o Humanidades, que hablan sobre el sentido de la universidad. Y como estamos de exámenes, aunque hay que leer entre líneas, la dejan verde.

Dicen que el funcionamiento te obliga a ser, casi, un autómata y que, al final, se está convirtiendo en una fábrica de titulados. Critican que acceder no es tan difícil (por el mérito), pero que permanecer en ella (por la cartera) le cuesta lo mismo al que más tiene, que al que más necesita. Cuestionan que se empiece a recortar en ella sin haber reparado antes en qué modelo de universidad (o de país) se quiere y comentan la poca pasión que les transmite un catedrático con su clase (y eso que tiene una gran formación) o las muchas ganas que le pone el nuevo becario, que no sabe responder a todas las preguntas. Y siguen… Aunque no es nada nuevo. Cada tres meses, cada vez que hay exámenes, se escucha lo mismo; el problema es que nadie parece escucharlos o, en todo caso, nadie quiere poner solución.

Y ahora, disculpadme, pero tengo que hacer otra pausa…

[artículo publicado en El Periódico de Catalunya]

Titulados y profesionales

“La política es a determinados jóvenes lo que fue la construcción para tantos otros”, me dijo advirtiéndome el Doctor. No era médico, pero había dedicado gran parte de su vida a estudiar (de hecho, nunca lo ha dejado de hacer) y hablábamos de un destacado dirigente de un partido catalán. La persona en cuestión estaba a punto de acabar la carrera, pero al entrar en la dinámica de la política prefirió dejarlo. Ahora, víctima de su pasado, es también víctima de la dinámica de su partido. No conoce más trabajo que el de representante público y no tiene una alternativa laboral, aunque podría ser una excelente profesional en la Universidad, aprovechando su experiencia. Pero, a buenas horas, le llamó más la atención sentarse en un escaño.

“Para saber que la Universidad española, a grandes rasgos, motiva más bien poco a sus estudiantes, basta con darse una vuelta por una Facultad cualquiera”, me dice un amigo que, a diferencia del primero, todavía no está doctorado. Ni si quiera el sistema europeo, con grupos más reducidos y, en principio, clases dinámicas, ha conseguido generar implicación y unos estudiantes autónomos y activos. En el mundo (más) desarrollado el acceso a la Universidad es más arduo que aquí, aunque una vez dentro es mucho más dinámica. La Universidad española -con un acceso casi directo después de hacer el Bachillerato- se convierte, en general, en una prolongación de la secundaria, tanto por lo que se refiere al fondo, como a la forma. Profesores que prefieren investigar a dar clases, contenidos predefinidos que repiten una y otra vez durante horas y horas y un perfil de estudiante que se limita a recibir información, cuenta.

Desde luego, poco o nada justifica que ante una gominola o subir una escalera, a través de la cual también puedes comer una o muchas gominolas (pero de las buenas), escojas el camino más fácil. Ahora bien, ambas situaciones (una Universidad española que hereda los problemas estructurales de la educación primaria y secundaria y con unos estudiantes poco implicados en su entorno; así como un político (que empieza a ser excepción) que decide dejar la Universidad, pero que, sin embargo, tendría un gran valor añadido si no lo hubiera hecho y decidiera compartir su experiencia en ella) son un pez que se muerde la cola.

En un momento donde la contención del gasto está de moda (incluso en sectores como el que nos ocupa) la creatividad a la hora de imaginar un sistema educativo (en todas sus fases) que no genere títulos sin más, está directamente conectada a la capacidad de incentivar reformas de un sistema político del que depende (o eso quiero creer) cualquier cambio en una u otra dirección. Incluso aquellos que no fueron a la Universidad, por imposibilidad metafísica o porque fue su opción, seguro que tienen algo que aportar. Es más, no sería tarde para acabar aquello que empezaron. En cualquier caso, sería bueno hacer algo (y empezar por proponerlo en los programas del 20N), porque en vez de ciudadanos y profesionales, estamos fabricando, sencillamente, titulados.

Una gran conversación intergeneracional

Hace unas semanas, en una reunión a tres, uno de esos hombres que dirigió la vida política de nuestro país, nos insistía en la necesidad de que hubiera “una gran conversación” sobre cuestiones estructurales entre las diferentes generaciones que convivimos. La de mis abuelos, por entendernos, que vivió la Guerra Civil; la de mis padres, que hizo la Transición; y la mía, abocada a multitud de retos que, a día de hoy, no sabemos definir con exactitud. Una gran conversación entre generaciones y entre personas que ocupan diferentes lugares en ese puzzle que conforma la sociedad.

Laia Ortiz y Rocío Martínez-Sampere, diputadas autonómicas de ICV-EUiA y PSC, respectivamente.
Seguramente sea necesario incentivar espacios de interacción entre los que ya lo miran todo desde la distancia, y entre los empresarios, políticos y universitarios del presente y, sobre todo, del futuro, porque los unos sin los otros no tendrán una formación completa y una amplitud de miras que les permita ser conscientes de los retos que se nos plantean a nivel individual y colectivo. Por ello, aquellos espacios que sirvan como nexo de unión entre personas de diferentes generaciones, disciplinas y con, en principio, diferentes objetivos vitales, servirán para cohesionar una sociedad que adolece de personas formadas de forma transversal y en tolerancia.

De hecho, y la afirmación generará alguna controversia, tengo la convicción, por acotar, que sería necesario que en nuestro país hubiera centros de educación superior políticos y politológicos, donde se formaran en algunas de las cuestiones citadas, a quiénes pretenden ser élites políticas las próximas décadas. Tanto es así que, en un momento donde hay igualdad de oportunidades en el acceso a la educación (también a la superior, con matices), demandar que quienes nos representen sean formados en determinadas cuestiones debería ser un clamor generalizado.

Del mismo modo que los grandes empresarios, que se empiezan a forjar, tienen una estación de partida (o un lugar de formación) muy determinado, no debería extrañar a nadie que el noble desempeño de la política esté protagonizado por personas que no han sido formadas en base a programas electorales a través de las juventudes de un partido (o no solamente), sino en base a profundas convicciones ideológicas y reflexiones filosóficas, con la maestría de los expertos del presente y del pasado, con personas de aquí y de allá, que acaben por formar en actitudes tolerantes y reflexivas, dado el reto que supone liderar nuestro futuro como comunidad.

De hecho, aunque de forma casual y, lamentablemente, no con el mismo éxito que se pretende con iniciativas como la descrita, la Universidad Pompeu Fabra, accidentalmente, ha empezado a ser de unas décadas para aquí un centro similar, con todos los matices que se quiera. Los presidentes de las juventudes del PSC, de CDC o de ICV, así como la portavoz del PSC en el Parlamento autonómico, Rocío Martínez Sempere, o la diputada autonómica de ICV-EUiA Laia Ortiz –que protagonizarán la vida política catalana los próximos años- tienen una formación que parte del mismo lugar.

¿Y si fueran capaces sus responsables de complementar la formación estrictamente académica con espacios como los que nos demandaba ese dirigente que nos interpelaba días antes? El futuro estaría en mejores manos y la “gran conversación intergeneracional” sería una constante.

[artículo publicado en La Voz de BCN]

¡Con libros y a lo loco!

Soy especialmente favorable a la aplicación del EEES y de gran parte de lo que deriva de la Declaración de Bolonia. No obstante, no es el tema… Ayer los estudiantes de Barcelona dieron una lección magistral de ciudadanía a una Policía que se excedió con creces días atrás. Si bien el miércoles los Mossos fueron retroalimentados por algunos jóvenes que, más allá de usar palabras, hicieron uso de sillas, barras metálicas o botes de pintura fucsia para defenderse, ayer, en la línea de la retroalimentación de conductas, sólo hubo espacio para la tranquilidad.

Contra la represión policial

Estuve en la Manifestación convocada por los estudiantes, básicamente, porque en el esquema mental de aquellos que defendemos el Estado democrático, social y de derecho, no caben los comportamientos totalitarios. Ni la de aquellos que teniendo el uso legítimo de la violencia se exceden de forma indiscriminada, ni la de aquellos que, en lugar de libros, defienden sus posiciones con barras metálicas. Ayer, no obstante, no fue el día… Pese a que los Mossos anunciaron hasta en dos comunicados que habría grupos antisistema radicales en la manifestación convocada, para legitimar, probablemente, las cargas policiales que se llevarían a cabo, si algo destacó fue la tranquilidad. ¡Con libros y a lo loco!

Valores postmaterialistas

Todo ello coincidía con un examen que hice ayer mismo en el que se hablaba del postmaterialismo y las formas de participación política no convencionales. En la Universitat Pompeu Fabra, donde estudio, el movimiento estudiantil se está manifestando en contra del proceso de forma ejemplar. Desde huelgas niponas (consistentes en el encierro en la biblioteca para hacer jornadas intensivas de estudio durante los exámenes) hasta proclamas que evitan el uso de pintura acrílica en las paredes o el no desarrollo de las clases. ¡No dejo de maravillarme! Si un estudiante quiere a la Universidad, como expresión de lo que es la educación, debería evitar ensuciarla, perjudicar a sus estudiantes (con según qué piquetes) y eso se está haciendo, por el momento, en la UPF. Mis amigos, que estudian mayoritariamente en la Universitat de Barcelona, se encuentran con personas que no les dejan entrar en clase y con pintadas delante de sus narices (que, por cierto, después deberán ser limpiadas por un personal de limpieza con sueldos precarios). ¡En la UPF las proclamas en las paredes se hacen con tiza! Algo que más allá de anécdota, se transforma en categoría…

¿Y el Conseller?

No sé si debe o no dimitir, pero el martes nos ha convocado a los medios a una rueda de prensa. No obstante, incidiría en lo interesante que ha sido que su Consellería haya instalado cámaras de videovigilancia en todas las Comisarías… Gracias a gestos como ese salen a la luz los casos de represión y, precisamente, es lo que tiene enfadado a los Mossos. De hecho, hay quien entiende que el ataque indiscriminado del otro día fue, precisamente, una respuesta de la propia Policía al Conseller…. Olvidar que la Policía, el Ejército o los jueces son un colectivo especialmente conservador es erróneo (y hacer interpretaciones simples, también). Hubo desorden y el responsable debe asumir la culpa.

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