¡Vagos, que sois unos vagos!
Vivimos en un país donde uno de los llamados jóvenes emprendedores más conocido y con más altavoces mediáticos se vanagloria de no haber leído casi ni un libro en su vida. Y eso que ya ha publicado varios. El talento se mide por la capacidad de generar dinero, aunque sea a costa de vender algo con un valor añadido relativo y decir que leer no te hace millonario. ¿Formarse? ¿Para qué? La vida es otra cosa, hombre, tengan un poco de estilo.
Lo políticamente correcto, sobre todo en determinados ámbitos, ya no es defender losderechos (¡privilegios!, dicen) de los trabajadores, sino decir que -así, como favor personal, de tú a tú- se van a evitar los desahucios en situaciones «extremas» (no me imagino muchos desahuciosque no sean extremos) o que el que no trabaja es porque no quiere. ¡Vagos, que sois unos vagos! Seguro que el problema es tuyo por haberte endeudado demasiado, haber vivido por encima de tus posibilidades (no de las mías, obviamente) y haberte comprado un coche de gama alta (veo tantos por la calle¿) cuando lo tuyo es ir en bicicleta. Vaya, que eres pobre porque lo mereces.
Pues bien, mientras lo que digo es algo que la mayoría de los responsables de la crisis piensan y dicen sin ningún atisbo de empatía ni matiz, a muchos no les queda otra alternativa que salir a la calle. Dicen en la Moncloa que eso de hacer una huelga ahora mismo no sirve de nada, y quizá tienen razón, pero tampoco sirve de mucho aplicar las recetas económicas que llevamos dos años sufriendo. Y, dicho sea de paso, gritando no arreglas mucho (ojo, porque a costa de gritar se ha conseguido que el PSOE pida perdón por no haber apoyado la dación en pago e incluso se plantee junto al Gobierno ir un paso más allá sobre el drama de las familias que no pueden pagar su casa), pero por lo menos gritando te quedas a gusto.
[artículo original publicado en El Periódico de Catalunya]
¿Para cuándo la reforma sindical?
Reconocer el papel que los sindicatos han tenido en el pasado en la conquista de los derechos sociales no excluye de la necesidad de reconocer también que en la actualidad ni una parte significativa de los trabajadores, ni otras tantas personas que están en paro, son capaces de ver en ellos unos agentes válidos para representarles y ser garantes de sus derechos. Ni su funcionamiento, ni sus formas –con la huelga general a la vuelta de la esquina– forman parte de este siglo que aún no acabamos de entender.
El famoso «que no nos representan» no tan solo ponía el grito en el cielo contra determinados políticos que empiezan a pagar sus culpas, ni contra unos banqueros que aún venden productos basura.También se referían a estas organizaciones, que sufren los mismos males endémicos que otras tan legíti- mas, necesarias e imprescindibles.
El mejor favor que podrían hacerse las grandes organizaciones sindicales es reformularse hasta el punto de no reconocerse a sí mismas. Hay elementos superficiales, y muy comentados que se podrían incorporar, como la sindicación obligatoria y su consecuente autofinanciación, pero va mucho más allá. También hay un problema de actitud que trasciende, incluso, el uso de un lenguaje arcaico en tiempos de Facebook. Si las huelgas fueron capaces de parar países enteros en el pasado, ¿lo son en el presente? ¿Y en el futuro?
Sea como sea, más grave es aún que los mismos que apoyan una reforma laboral insultante para los trabajadores, te respondan cuando les planteas la necesidad de reformular el funcionamiento de los cuestionados sindicatos que el conflicto social sería incluso mayor que el que se prevé en los próximos meses. Sorprende, pues, esa valentía para perjudicar a trabajadores y, sin embargo, no querer moles- tar mucho a sus representantes.
A la española
Mientras sigo con Selectividad y mi madre dice que el supermercado de la esquina está medio vacío, os dejo con algunos comentarios sobre el gran paro que están protagonizando los transportistas. Ahora bien, pese a los problemas que puedan derivar de ello, habría que evitar caer en el error de demonizar el derecho a la huelga por mucho que los piquetes no entiendan que se trata de un derecho individual.
La vida es absurda, señores, y aquí tenemos una nueva demostración: anoche, en la Cadena SER, Julio Villaescusa [presidente de una de las patronales del transporte que pretenden "paralizar el país"] reconocía que el Gobierno poco puede hacer para solucionar la crisis. Y mientras tanto, gritos contra el Gobierno en las carreteras; y mientras tanto, mesas de negociación a cara de perro; y mientras tanto, el país prácticamente paralizado. El presidente Rodríguez Zapatero coincide con Villaescusa. No se cansa de repetir que la inflación depende del petróleo; las hipotecas, del Euribor; el estancamiento del PIB, a la coyuntura internacional… y como Trichet pasaba por allí…
Los transportistas necesitan cobrar más dinero, eso es un hecho. Ahora bien ¿quien les paga? ¿quien debe subirles el sueldo? ¿por qué no se manifiestan contra ellos, los intermediarios?
Sí, ya sé que parece absurdo. Pero cuando los camioneros toman de rehén un país entero con sus camiones, y a eso le llaman huelga, están prostituyendo una palabra sagrada entre la clase obrera, un derecho que tanto trabajo (y muertes, también) costó conseguir. Cuando lo hacen los militares con sus tanques, creo recordar que le llaman golpe de estado. Por eso creo que hay que revisar urgentemente el diccionario (…) En Chile consiguieron (…) mediante la fuerza de los piquetes, paralizar todo el país. Al que se opone se le amenaza de muerte, se le pinchan las ruedas o se le quema el camión. La gente se precipita a llenar los depósitos de gasolina, y acapara alimentos ante el pánico a un inminente desabastecimiento. La coalición de derechas de Alessandri y, sobre todo, la Democracia Cristiana de Eduardo Frei se aplican a correr el bulo de la parálisis de la economía, incitando a la gente a vaciar las tiendas y a retirar los fondos de los bancos.