Dicen que el día 28, CIU ganará (una vez más) las elecciones, que el PSC tendrá el peor resultado de su historia (las frustraciones generadas entre quienes confiamos en ellos tendrán consecuencias -no hay mejor momento para reinventarse que en momentos de crisis, ¡suerte!-), que el partido de Joan Laporta, probablemente, consiga entrar en el Parlament (un Grupo Mixto formado por Ciutadans y ellos puede ser tan divertido como generador de crispación) y poco más. El PP y ERC se juegan el tercer puesto (los primeros, en cualquier caso, en caso de conseguirlo lo harán a costa de asegurarse, una vez más, que el 84% de los catalanes digan que nunca les votarían) y el resto de partidos extraparlamentarios no tienen posibilidades de tener un escaño.
Retroalimentación.
No es extraño. El sistema se alimenta a sí mismo… Las instituciones reparten desorbitadas subvenciones a los partidos parlamentarios para sus campañas (solo juegan en igualdad de oportunidades, entonces, aquellas formaciones que se presentaron hace 30 años), financian mediante suscripciones y subvenciones a algunos medios de comunicación que tienen la sugerencia (confirmado por el subdirector de un periódico de ámbito nacional) de no hacer caso a las noticias que generen aquellos partidos que puedan arañar algo de la estructura actual (más allá del pacto de no hablar en los informativos de los medios públicos catalanes de las formaciones extraparlamentarias, ni aunque generen noticia), en las encuestas de muchos medios ni si quiera se pregunta por la intención de votar a algún que otro partido, algunas formaciones pagan a determinados periodistas (también confirmado hace unos días por un alto cargo del Govern de la Generalitat) para orientar su opinión, y… En fin, que todo es previsible. Porque todo está bajo control.
¿Y si la mitad de la población votara en blanco?
Pues sí, probablemente todo es (pero no debería ser) así, al menos parcialmente. En cualquier caso, y es una cuestión ligada a la física, el futuro no está escrito… Y solo desde la convicción de que las cosas son como son por acción u omisión propia, todo puede cambiarse (si es que no nos gusta). Así lo creen en Iniciativa, que insisten a través de Twitter que “el futuro no está escrito”. O algunas formaciones extraparlamentarias, como es el caso de Alternativa de Govern, coordinada por Montserrat Nebrera (con quien no escondo tener un vínculo personal que me anima a ayudarla, sin tener ninguna vinculación con su partido, en aquello que me pida -que tampoco es mucho-) y que insisten, día tras día, en la necesidad de concienciar a las personas de que la soberanía es popular y que de ellas depende lo que pueda pasar (¡hay a quien le interesa eso de la desafección política!). ¿Habéis leído alguna vez el Ensayo sobre la lucidez de Saramago? De la noche a la mañana, sin que las encuestas advirtieran sobre ello, la población de la capital de un país vota mayoritariamente en blanco. La gente está cansada… ¿Qué pasaría si toda la previsible abstención (48%) se tradujera en votos en blanco?
El cambio pasa por CIU
Probablemente, el cambio pase por CIU (en los próximos días ya haré algún comentario), pero también hay otros actores que pueden ayudar a consolidar, al menos en esta pequeña parte del mundo (que espero que algún día sea políticamente independiente), un sistema del que no avergonzarse y, sobre todo, que pondere dos máximas que no son siempre referencia de muchos: libertad y justicia social. Lo más extraño es que a ninguno de los citados en este artículo se les ocurre decir que estos dos valores no están asociados a su forma de ver el mundo y, sin embargo, en ocasiones sus dinámicas son enemigas de lo que predican.