Dice Antoni Gutiérrez-Rubí en su último libro, Filopolítica, que mientras los empresarios cada vez dedican más tiempo a la meditación -porque a medio plazo resulta una gran inversión en tiempo-, en la política pasa todo lo contrario. Una inquietud compartida por muchos. Gutiérrez-Rubí presenta una recopilación de amenos y rigurosos artículos de tal forma que queda reflejada la importancia de cambiar las dinámicas. No hay tiempo para meditar, ni para reflexionar. Y, ahora más que nunca, la política necesita de filosofía y de ideas; de reflexión y de meditación.
De hecho, para ilustrarlo, recuerdo dos conversaciones que he tenido en los últimos meses. La primera, durante una comida, con el líder de un partido político: “Si te parece, lo hablamos con más calma después del 22 de mayo, que ahora, vamos fatal de tiempo”, venía a decir. La segunda, en un ambiente similar, poco después de las elecciones autonómicas con otro protagonista de la vida pública: “Estamos muy contentos con el trabajo que hemos hecho, pero no tenemos tiempo para pensar“. Si conectamos ambas frases, si ponemos en el mismo escenario -en el Congreso, por ejemplo- a sus dos autores, tenemos el ejemplo paradigmático de lo que denuncia Gutiérrez-Rubí.
La agenda, en ocasiones marcada por los medios de comunicación, impide la posibilidad de reflexionar, meditar, pararse a pensar. ¡Es dramático! ‘El descrédito de la política y de los políticos tiene que ver con el deteriorio del lenguaje político. Dime cómo hablas y te diré quién (y cómo) eres. Deberíamos relajarnos, sí; pero para pensar mejor y ver si hay algo en el interior que valga la pena. Y, solo entonces, abrir la boca’, escribe Gutiérrez-Rubí.
Reflexión y espiritualidad
Encuentro un tercer ejemplo que conecta con lo anterior. Se trata de otra conversación con otra de las caras de la política autonómica catalana, ya hace un tiempo. Mi acompañante le venía a recriminar que dieran ruedas de prensa minutos después de que el adversario propusiera el objeto de crítica. “Sí, pero no sé si la culpa es nuestra, o de los medios de comunicación. Que me pregunten por los presupuestos media hora después de que los tenga en la mano. Todos somos responsables”, decía.
Ni hay tiempo para pensar -porque los partidos, en ocasiones, olvidan que la gestión se basa no en ideologías (cada vez más denostadas) y sí en ideas que hay que reformular-, ni hay voluntad para ello. ‘Durante el verano, algunos líderes políticos han recomendado a sus adversarios que “se relajen” o “se retiren a un monasterio”. La sugerencia, si reflejara una reivindicación sincera e incluyente de la política meditada, sería un cambio notable que deberíamos aplaudir. Pero dicha con un cierto desdén y como una invectiva refleja un prejuicio sobre el valor del retiro y de la relajación en la vida pública’, cuenta Gutiérrez-Rubí en otro momento del libro. E insiste en la importancia de la espiritualidad (disociándola de su posible dimensión religiosa) y de la necesidad de repensar, especialmente desde la izquierda, cómo articular un discurso que vaya más allá de dos titulares. Los laboratorios de ideas, en tiempos como este, son aún más necesarios, si cabe.
Ser crítico, pero no ser antisistema
Pero lo que pasa en la política tampoco dista tanto de lo que pasa en nuestras vidas. ¡Qué tranquilo viviría si todas mis relaciones personales se basaran en el díálogo, la meditación permanente, la reflexión! Hace ya un tiempo que intento enmarcar mi día a día en esos parámetros, pero no depende solo de mi. Lo cual, de alguna manera, viene a ilustrar que la vida de los políticos tampoco dista tanto de la de la mayoría de sus votantes. No es cierto, aunque, en ocasiones, pueda parecer así, que un político viva tan alejado de la realidad. Es más, creo que, también ahora más que nunca, es necesario reivindicar el papel de la política como elemento para articular y liderar una sociedad. Que no haya buenos líderes políticos en nuestro país (como dicen Miquel Roca o Felipe González en un reciente libro), no significa que no pueda haberlos y que no sean necesarios.
La crítica a lo político, necesaria, no debe convertirse en una forma de destrucción de nuestro marco democrático. Prefiero que se equivoque una persona a la que he votado, que no que todo dependa (como pasa con algunas cuestiones) de unos señores -y señoras- a los que ni si quiera se les conoce el rostro.
[publicado en LA VOZ DE BCN]