Campuzano, Bonet y la buena política

Decía José Antonio Labordeta en Memorias de un beduino (Ediciones B, 2009) que el diputado Carles Campuzano «es la voz progresista de CiU». «Me pregunto por qué razón está en esa coalición. No lo entiendo», aseguraba. En cualquier caso, y más allá de lo que comentaba el cantautor, este congresista es una viva muestra de la honestidad y dignidad en política. Campuzano, que trabaja en el ámbito de las políticas sociales, creó hace algunos años, en un claro ejercicio de innovación social, un grupo de reflexión formado por académicos, sindicalistas, empresarios o estudiantes universitarios, de cuyos encuentros se sirve para adoptar decisiones relacionadas con sus áreas de trabajo. El diálogo, a base de enmiendas, de algo ha servido.

La política tiene nombres y apellidos y Laia Bonet,flamante portavoz del PSC, es otro buen ejemplo. Autora de un pequeño decálogo en defensa de la política disponible en su web, insultantemente obvio pero necesario y aparentemente olvidado, es otra de esas figuras que dignifican a las instituciones. Cuando, no hace mucho, se le propuso un encuentro con un grupo de trabajo de la ley electoral derivado del 15-M, en pleno proceso de negociación entre CiU y PSC en relación con el tema, no dudó en hacerlo. Eso también es política y conviene saberlo.

«Si hay que enfrentarse con el mundo financiero, deberíamos estar organizados», decía un parlamentario defendiendo la necesidad de votar el 20-N. Aun conscientes de la crisis por la que pasan las instituciones, el reconocimiento de determinadas acciones, nuestra implicación ya sea a través del voto, de las organizaciones sociales, los partidos o los movimientos cívicos, resultan imprescindibles para generar un escenario diferente. Probablemente, lo contrario no es solo un error sino un ejercicio peligroso.

[artículo original publicado en El Periódico de Catalunya]

Depende en parte de ti

Cuando participo en algún debate dónde se cuestionan a los representantes políticos por su poca conexión con la realidad o por su ensimismamiento, siempre pongo el mismo ejemplo. Las realidades, en el fondo, no son tan paralelas. Por un lado está Alba, una de mis mejores amigas, que estudia Ciencias Políticas, con una estética rompedora y que hace un discurso, en principio, antipolítico; en el otro, está Clara, alguien también muy especial, que estudia lo mismo que Alba, elegante en las formas –y en el fondo- y militante del partido político del Govern. Uno intenta empatizar con ambas…

Sus aproximaciones políticas, que ilustran el mundo crítico con las instituciones y ese ente alejado más institucional, quizá, son distintas, pero, en el fondo, las dos buscan lo mismo. ¿Quién no quiere que la corrupción sea perseguida? ¿Quién no quiere unas instituciones fuertes ante el mundo financiero? ¿Quién no quiere aportar soluciones a sus problemas? ¿Quién no quiere bienestar social? Pocos.

Ahí están esos dos dirigente socialistas catalanes que poco antes de las vacaciones se reunieron con un grupo de trabajo derivado del 15M. O ahí está ese diputado de CiU que observaba en mayo in situ y con atención lo que estaba pasando en el centro de Barcelona. “No debemos fijarnos en quién lo dice, sino, sobretodo, en lo que dicen”, le insistía a otro parlamentario. Pero son solo algunos ejemplos.

La política la hacen las personas y, como en toda actividad humana, las hay de toda condición. Lo único que nos queda, si no queremos convertir nuestro entorno en la ley del más fuerte, es implicarnos en ella –como hace Alba o Clara-, ya sea desde una asociación ecologista o desde un partido político, estar predispuestos al diálogo y, sobre todo, no declinar nuestras responsabilidades como ciudadanos.

[Vídeo] Democracia en crisis; restablecer puentes

Titulados y profesionales

“La política es a determinados jóvenes lo que fue la construcción para tantos otros”, me dijo advirtiéndome el Doctor. No era médico, pero había dedicado gran parte de su vida a estudiar (de hecho, nunca lo ha dejado de hacer) y hablábamos de un destacado dirigente de un partido catalán. La persona en cuestión estaba a punto de acabar la carrera, pero al entrar en la dinámica de la política prefirió dejarlo. Ahora, víctima de su pasado, es también víctima de la dinámica de su partido. No conoce más trabajo que el de representante público y no tiene una alternativa laboral, aunque podría ser una excelente profesional en la Universidad, aprovechando su experiencia. Pero, a buenas horas, le llamó más la atención sentarse en un escaño.

“Para saber que la Universidad española, a grandes rasgos, motiva más bien poco a sus estudiantes, basta con darse una vuelta por una Facultad cualquiera”, me dice un amigo que, a diferencia del primero, todavía no está doctorado. Ni si quiera el sistema europeo, con grupos más reducidos y, en principio, clases dinámicas, ha conseguido generar implicación y unos estudiantes autónomos y activos. En el mundo (más) desarrollado el acceso a la Universidad es más arduo que aquí, aunque una vez dentro es mucho más dinámica. La Universidad española -con un acceso casi directo después de hacer el Bachillerato- se convierte, en general, en una prolongación de la secundaria, tanto por lo que se refiere al fondo, como a la forma. Profesores que prefieren investigar a dar clases, contenidos predefinidos que repiten una y otra vez durante horas y horas y un perfil de estudiante que se limita a recibir información, cuenta.

Desde luego, poco o nada justifica que ante una gominola o subir una escalera, a través de la cual también puedes comer una o muchas gominolas (pero de las buenas), escojas el camino más fácil. Ahora bien, ambas situaciones (una Universidad española que hereda los problemas estructurales de la educación primaria y secundaria y con unos estudiantes poco implicados en su entorno; así como un político (que empieza a ser excepción) que decide dejar la Universidad, pero que, sin embargo, tendría un gran valor añadido si no lo hubiera hecho y decidiera compartir su experiencia en ella) son un pez que se muerde la cola.

En un momento donde la contención del gasto está de moda (incluso en sectores como el que nos ocupa) la creatividad a la hora de imaginar un sistema educativo (en todas sus fases) que no genere títulos sin más, está directamente conectada a la capacidad de incentivar reformas de un sistema político del que depende (o eso quiero creer) cualquier cambio en una u otra dirección. Incluso aquellos que no fueron a la Universidad, por imposibilidad metafísica o porque fue su opción, seguro que tienen algo que aportar. Es más, no sería tarde para acabar aquello que empezaron. En cualquier caso, sería bueno hacer algo (y empezar por proponerlo en los programas del 20N), porque en vez de ciudadanos y profesionales, estamos fabricando, sencillamente, titulados.

La hora de la política

Dice Antoni Gutiérrez-Rubí en su último libro, Filopolítica, que mientras los empresarios cada vez dedican más tiempo a la meditación -porque a medio plazo resulta una gran inversión en tiempo-, en la política pasa todo lo contrario. Una inquietud compartida por muchos. Gutiérrez-Rubí presenta una recopilación de amenos y rigurosos artículos de tal forma que queda reflejada la importancia de cambiar las dinámicas. No hay tiempo para meditar, ni para reflexionar. Y, ahora más que nunca, la política necesita de filosofía y de ideas; de reflexión y de meditación.

De hecho, para ilustrarlo, recuerdo dos conversaciones que he tenido en los últimos meses. La primera, durante una comida, con el líder de un partido político: “Si te parece, lo hablamos con más calma después del 22 de mayo, que ahora, vamos fatal de tiempo”, venía a decir. La segunda, en un ambiente similar, poco después de las elecciones autonómicas con otro protagonista de la vida pública: “Estamos muy contentos con el trabajo que hemos hecho, pero no tenemos tiempo para pensar“. Si conectamos ambas frases, si ponemos en el mismo escenario -en el Congreso, por ejemplo- a sus dos autores, tenemos el ejemplo paradigmático de lo que denuncia Gutiérrez-Rubí.

La agenda, en ocasiones marcada por los medios de comunicación, impide la posibilidad de reflexionar, meditar, pararse a pensar. ¡Es dramático! ‘El descrédito de la política y de los políticos tiene que ver con el deteriorio del lenguaje político. Dime cómo hablas y te diré quién (y cómo) eres. Deberíamos relajarnos, sí; pero para pensar mejor y ver si hay algo en el interior que valga la pena. Y, solo entonces, abrir la boca’, escribe Gutiérrez-Rubí.

Reflexión y espiritualidad

Encuentro un tercer ejemplo que conecta con lo anterior. Se trata de otra conversación con otra de las caras de la política autonómica catalana, ya hace un tiempo. Mi acompañante le venía a recriminar que dieran ruedas de prensa minutos después de que el adversario propusiera el objeto de crítica. “Sí, pero no sé si la culpa es nuestra, o de los medios de comunicación. Que me pregunten por los presupuestos media hora después de que los tenga en la mano. Todos somos responsables”, decía.

Ni hay tiempo para pensar -porque los partidos, en ocasiones, olvidan que la gestión se basa no en ideologías (cada vez más denostadas) y sí en ideas que hay que reformular-, ni hay voluntad para ello. ‘Durante el verano, algunos líderes políticos han recomendado a sus adversarios que “se relajen” o “se retiren a un monasterio”. La sugerencia, si reflejara una reivindicación sincera e incluyente de la política meditada, sería un cambio notable que deberíamos aplaudir. Pero dicha con un cierto desdén y como una invectiva refleja un prejuicio sobre el valor del retiro y de la relajación en la vida pública’, cuenta Gutiérrez-Rubí en otro momento del libro. E insiste en la importancia de la espiritualidad (disociándola de su posible dimensión religiosa) y de la necesidad de repensar, especialmente desde la izquierda, cómo articular un discurso que vaya más allá de dos titulares. Los laboratorios de ideas, en tiempos como este, son aún más necesarios, si cabe.

Ser crítico, pero no ser antisistema

Pero lo que pasa en la política tampoco dista tanto de lo que pasa en nuestras vidas. ¡Qué tranquilo viviría si todas mis relaciones personales se basaran en el díálogo, la meditación permanente, la reflexión! Hace ya un tiempo que intento enmarcar mi día a día en esos parámetros, pero no depende solo de mi. Lo cual, de alguna manera, viene a ilustrar que la vida de los políticos tampoco dista tanto de la de la mayoría de sus votantes. No es cierto, aunque, en ocasiones, pueda parecer así, que un político viva tan alejado de la realidad. Es más, creo que, también ahora más que nunca, es necesario reivindicar el papel de la política como elemento para articular y liderar una sociedad. Que no haya buenos líderes políticos en nuestro país (como dicen Miquel Roca o Felipe González en un reciente libro), no significa que no pueda haberlos y que no sean necesarios.

La crítica a lo político, necesaria, no debe convertirse en una forma de destrucción de nuestro marco democrático. Prefiero que se equivoque una persona a la que he votado, que no que todo dependa (como pasa con algunas cuestiones) de unos señores -y señoras- a los que ni si quiera se les conoce el rostro.

[publicado en LA VOZ DE BCN]

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