¡Estamos de exámenes!

En mi facultad estamos en esa época del año en la que, no se sabe por qué, más imprevistos te surgen, más libros te interesa leer, más noticias quieres contrastar, más cosas te replanteas (sí, el próximo trimestre empezaré con tiempo), más culebrones aparecen (¿me quiere o no me quiere?) o más entras en Facebook. ¡Estamos de exámenes! Y es en una de esas pausas eternas (¡eteeeernas!) que uno hace frente a la biblioteca y entre humo, mucho humo, cuando a veces se escucha algo sobre lo que vale la pena prestar atención.

No me refiero al último romance de la chica que está sentada delante de mí, ni tiene nada que ver con la conversación de esos estudiantes de Economía que hacen amago de estar trabajando ya para una gran corporación… Al fondo hay un grupo de estudiantes, quizá de Políticas o Humanidades, que hablan sobre el sentido de la universidad. Y como estamos de exámenes, aunque hay que leer entre líneas, la dejan verde.

Dicen que el funcionamiento te obliga a ser, casi, un autómata y que, al final, se está convirtiendo en una fábrica de titulados. Critican que acceder no es tan difícil (por el mérito), pero que permanecer en ella (por la cartera) le cuesta lo mismo al que más tiene, que al que más necesita. Cuestionan que se empiece a recortar en ella sin haber reparado antes en qué modelo de universidad (o de país) se quiere y comentan la poca pasión que les transmite un catedrático con su clase (y eso que tiene una gran formación) o las muchas ganas que le pone el nuevo becario, que no sabe responder a todas las preguntas. Y siguen… Aunque no es nada nuevo. Cada tres meses, cada vez que hay exámenes, se escucha lo mismo; el problema es que nadie parece escucharlos o, en todo caso, nadie quiere poner solución.

Y ahora, disculpadme, pero tengo que hacer otra pausa…

[artículo publicado en El Periódico de Catalunya]

Titulados y profesionales

“La política es a determinados jóvenes lo que fue la construcción para tantos otros”, me dijo advirtiéndome el Doctor. No era médico, pero había dedicado gran parte de su vida a estudiar (de hecho, nunca lo ha dejado de hacer) y hablábamos de un destacado dirigente de un partido catalán. La persona en cuestión estaba a punto de acabar la carrera, pero al entrar en la dinámica de la política prefirió dejarlo. Ahora, víctima de su pasado, es también víctima de la dinámica de su partido. No conoce más trabajo que el de representante público y no tiene una alternativa laboral, aunque podría ser una excelente profesional en la Universidad, aprovechando su experiencia. Pero, a buenas horas, le llamó más la atención sentarse en un escaño.

“Para saber que la Universidad española, a grandes rasgos, motiva más bien poco a sus estudiantes, basta con darse una vuelta por una Facultad cualquiera”, me dice un amigo que, a diferencia del primero, todavía no está doctorado. Ni si quiera el sistema europeo, con grupos más reducidos y, en principio, clases dinámicas, ha conseguido generar implicación y unos estudiantes autónomos y activos. En el mundo (más) desarrollado el acceso a la Universidad es más arduo que aquí, aunque una vez dentro es mucho más dinámica. La Universidad española -con un acceso casi directo después de hacer el Bachillerato- se convierte, en general, en una prolongación de la secundaria, tanto por lo que se refiere al fondo, como a la forma. Profesores que prefieren investigar a dar clases, contenidos predefinidos que repiten una y otra vez durante horas y horas y un perfil de estudiante que se limita a recibir información, cuenta.

Desde luego, poco o nada justifica que ante una gominola o subir una escalera, a través de la cual también puedes comer una o muchas gominolas (pero de las buenas), escojas el camino más fácil. Ahora bien, ambas situaciones (una Universidad española que hereda los problemas estructurales de la educación primaria y secundaria y con unos estudiantes poco implicados en su entorno; así como un político (que empieza a ser excepción) que decide dejar la Universidad, pero que, sin embargo, tendría un gran valor añadido si no lo hubiera hecho y decidiera compartir su experiencia en ella) son un pez que se muerde la cola.

En un momento donde la contención del gasto está de moda (incluso en sectores como el que nos ocupa) la creatividad a la hora de imaginar un sistema educativo (en todas sus fases) que no genere títulos sin más, está directamente conectada a la capacidad de incentivar reformas de un sistema político del que depende (o eso quiero creer) cualquier cambio en una u otra dirección. Incluso aquellos que no fueron a la Universidad, por imposibilidad metafísica o porque fue su opción, seguro que tienen algo que aportar. Es más, no sería tarde para acabar aquello que empezaron. En cualquier caso, sería bueno hacer algo (y empezar por proponerlo en los programas del 20N), porque en vez de ciudadanos y profesionales, estamos fabricando, sencillamente, titulados.

“Hay que dar prestigio a la enseñanza pública”

El diputado del PPC Rafa López, que avaló en su día la candidatura de Montse Nebrera, ha abierto un interesante debate educativo a raíz de la elaboración de la Llei Educativa de Catalunya, cuyo contenido está siendo discutido estas semanas en el Parlament. López, que fue introducido por el presidente del PP de Barcelona, Toni Bosch,  presentó una ley alternativa a la elaborada por el Govern y está divulgando su contenido por diferentes ciudades de Catalunya. Mientras en Barcelona miles de estudiantes se manifiestan contra el Plan Bolonia, tema sobre el que me han invitado a hablar en la SER la próxima semana, el PPC ha abierto un debate paralelo sobre la calidad de la enseñanza en la primaria y la secundaria. Algunas ideas para la reflexión:

Hay que acabar con la promoción automática… A día de hoy es posible aprobar la secundaria con 12 asignaturas suspendidas“. La realidad es esa. El claustro de profesores puede aprobar 3 asignaturas por curso a un alumno. En la práctica eso se traduce en que hay gente que acaba la ESO con competencias matemáticas o lingüísticas sustancialmente mejorables.

“El profesor debe tener autoridad en clase. Si a un estudiante lo pillan con un porro, no le pueden hacer nada. Si quieren echarlo de clase, tampoco pueden hacerlo”. Aquí disiento. En mi Instituto, cuando han querido echar a alguien de clase, así se ha hecho, y cuando alguien fumaba porros o tabaco, se ha amonestado a la persona. A mi me han echado de clase alguna que otra vez, ¡todo sea dicho! Cuando me empiezo a reir… Durante el coloquio hubo una alumna que dijo que sus compañeros, en una ocasión, tiraron sillas a una profesora. ¡No daba crédito! El diputado Santi Rodríguez, que estaba en el atril, tampoco… Ahora bien, entiendo que si ocurre eso y nadie hace nada, lo que falla es el sistema penal. Es más, en ocasiones los padres de algunos estudiantes respaldan las conductas de sus hijos… ¿Qué margen de libertad deben tener esos padres para elegir según qué aspectos de la educación de sus hijos? ¿No es ahí donde entra la tan criticada intervención del Estado a la hora de elegir el modelo educativo?

“Hay que dejar espacio para la libertad lingüística. Cada centro, en función de la composición sociológica que tenga, deberá adoptar un modelo lingüístico u otro, siempre garantizando que el 30% de las clases esté en castellano o catalán”. La idea es la siguiente: en Berga, probablemente, los jóvenes necesiten hacer hincapié en el aprendizaje de lengua castellana, mientras en Hospitalet, probablemente, deban esforzarse en hacer lo propio con el catalán. López propone, en cualquier caso, un modelo trilingüe en el que también tiene cabida el inglés.  Nebrera, en su día, insistía en la misma línea.

 “Hay que prestigiar la enseñanza pública, los que hemos estudiado en ella sabemos que es necesario. Además, deben ser los padres los que elijan el centro en el que deban estudiar sus hijos”.  Al igual que el diputado yo también he estudiado siempre en centros públicos. En la teoría, si los padres pudieran elegir en qué centro deben estudiar sus hijos, la diferencia de calidad entre ellos, sería mínima. El modelo, de algún modo, obligaría a que todos ofrecieran una calidad de enseñanza similar, para evitar el colapso  del mejor instituto, donde, en la teoría, todos quieren ir.  Se trata, desde una perspecetiva económica, de competir y, de paso, prestigiar de nuevo la enseñanza pública. Desde luego, el president Montilla no hace esfuerzos al llevar a sus hijos a un colegio privado… No es el caso de Zapatero, cuyas hijas van a un colegio público.

Poco antes del acto aproveché para entrevistar para mi columna en el DIARI DE VILANOVA a Toni Bosch, presidente del PP de BCN. Bosch, padre de ochos hijos y de carácter afable, comentó en su día, a raíz de un artículo que publiqué sobre los bandazos del PP en materias como la lengua o la financiación, que eso era posible porque en el PP hay liberales, conservadores, democristianos, socialdemócratas e incluso “el franquismo sociológico”. ¿Hasta qué punto el franquismo sociológico condiciona las políticas de su partido?, pregunté. “Absolutamente nada, porque a los que vienen de ese mundo los tenemos jubilados”, decía. La semana que viene se publicará el contenido del encuentro.

¡Con libros y a lo loco!

Soy especialmente favorable a la aplicación del EEES y de gran parte de lo que deriva de la Declaración de Bolonia. No obstante, no es el tema… Ayer los estudiantes de Barcelona dieron una lección magistral de ciudadanía a una Policía que se excedió con creces días atrás. Si bien el miércoles los Mossos fueron retroalimentados por algunos jóvenes que, más allá de usar palabras, hicieron uso de sillas, barras metálicas o botes de pintura fucsia para defenderse, ayer, en la línea de la retroalimentación de conductas, sólo hubo espacio para la tranquilidad.

Contra la represión policial

Estuve en la Manifestación convocada por los estudiantes, básicamente, porque en el esquema mental de aquellos que defendemos el Estado democrático, social y de derecho, no caben los comportamientos totalitarios. Ni la de aquellos que teniendo el uso legítimo de la violencia se exceden de forma indiscriminada, ni la de aquellos que, en lugar de libros, defienden sus posiciones con barras metálicas. Ayer, no obstante, no fue el día… Pese a que los Mossos anunciaron hasta en dos comunicados que habría grupos antisistema radicales en la manifestación convocada, para legitimar, probablemente, las cargas policiales que se llevarían a cabo, si algo destacó fue la tranquilidad. ¡Con libros y a lo loco!

Valores postmaterialistas

Todo ello coincidía con un examen que hice ayer mismo en el que se hablaba del postmaterialismo y las formas de participación política no convencionales. En la Universitat Pompeu Fabra, donde estudio, el movimiento estudiantil se está manifestando en contra del proceso de forma ejemplar. Desde huelgas niponas (consistentes en el encierro en la biblioteca para hacer jornadas intensivas de estudio durante los exámenes) hasta proclamas que evitan el uso de pintura acrílica en las paredes o el no desarrollo de las clases. ¡No dejo de maravillarme! Si un estudiante quiere a la Universidad, como expresión de lo que es la educación, debería evitar ensuciarla, perjudicar a sus estudiantes (con según qué piquetes) y eso se está haciendo, por el momento, en la UPF. Mis amigos, que estudian mayoritariamente en la Universitat de Barcelona, se encuentran con personas que no les dejan entrar en clase y con pintadas delante de sus narices (que, por cierto, después deberán ser limpiadas por un personal de limpieza con sueldos precarios). ¡En la UPF las proclamas en las paredes se hacen con tiza! Algo que más allá de anécdota, se transforma en categoría…

¿Y el Conseller?

No sé si debe o no dimitir, pero el martes nos ha convocado a los medios a una rueda de prensa. No obstante, incidiría en lo interesante que ha sido que su Consellería haya instalado cámaras de videovigilancia en todas las Comisarías… Gracias a gestos como ese salen a la luz los casos de represión y, precisamente, es lo que tiene enfadado a los Mossos. De hecho, hay quien entiende que el ataque indiscriminado del otro día fue, precisamente, una respuesta de la propia Policía al Conseller…. Olvidar que la Policía, el Ejército o los jueces son un colectivo especialmente conservador es erróneo (y hacer interpretaciones simples, también). Hubo desorden y el responsable debe asumir la culpa.

Jordi Pujol: “Los jóvenes debeis asumir responsabilidades”

Jordi Pujol ha estado hoy en la Universitat Pompeu Fabra en un acto organizo por dos buenos amigos (como insistía uno de ellos en la presentación, Pujol no es independentista; ellos sí). El ex presidente se ha referido a la situación actual de Cataluña y se ha preguntado qué es lo que pueden hacer las nuevas generaciones por ella:

Cataluña está en un momento crítico y puede ir bien o mal. El Estatuto, las relaciones con el conjunto de España… ¿Tendremos más o menos autonomía? ¿Más o menos dinero? ¿Más o menos prestigio? ¿Más autoestima? ¿Más estima del exterior?

En 1939 se acaba la Guerra… Hay una situación desastrosa y un país herido y oprimido, economicamente en una situación dificil… El objetivo era sobrevivir y reconstruir el país. Y lo hizo, aunque con limitaciones… Fue una generación castigada. ¡El PIB de 1935 no se recuperó hasta 1953!

Más tarde, en 1960, le toca jugar a mi generación. Nuestros padres salvaron lo esencial… Ahora debemos hacer más. Aspirábamos a una democracia como las europeas con Estado de bienestar. Desde el punto de vista catalán queríamos salvar el país: reconstruir Cataluña. Es la generación que hace la transicion politica… ¡Y la hacemos bien! Se instaura una democracia que en su formulación nunca habíamos tenido. Conseguimos más autonomía que nunca. Somos una generación que no quiere reprochar cosas de la Guerra Civil… Ni yo, ni Carrillo… Eso es lo que hicimos.

Vosotros, ¿qué vais a hacer por vuestro país? “La imagen que dábamos hace 15 años, ahora no la damos. Hay que recuperar la ilusión”, comentaba. ¿Cómo? El catalanismo, probablemente, no deba refundarse como quiere Mas; debe practicarse, como insistía el histórico de CIU Miquel Roca. El independentismo, insiste Pujol, no es la solución.


Foto (móvil): Guillem Carol y Jordi Pujol.

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