Salvajes a ambos lados
Nos llega la noticia de que en Grecia han tiroteado con un kalashnikov el despacho de su primer ministro. Desde luego es una salvajada, pero no sería extraño que episodios como el del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria , cuya muerte desencadenó la primera guerra mundial, lamentablemente podría repetirse –con todas las variantes 2.0 que se quiera– más pronto que tarde. ¿O acaso no estamos ya en una economía de guerra? Es una salvajada atemorizar a un representante público de esa manera, es una salvajada utilizar la coacción en un sistema que se presume democrático, es escandaloso saber que los kalashnikov también forman parte del paisaje europeo, pero… ¿Acaso no es una salvajada y es escandalosa la actitud propia de un dandy de los que, ajenos a lo que pasa en las calles, aplican rigurosamente medidas devastadoras, sin sentido y al servicio de intereses ajenos?
No le falta razón a David Fernàndez cuando dice que el minotauro insaciable son los mercados financieros (que tienen nombres y apellidos, por cierto). No le falta razón a quien piense que la empatía parece inexistente en las instituciones cuando en Catalunya, por ejemplo, llevamos unos días con el síndrome de los dos huevos duros (brillante escena de los hermanos Marx ) y no se ponga también el acento en generar un marco de esperanza vital (¿o una cosa lleva a la otra?).
Nos están inyectando escepticismo en vena. ¿Cómo quieren que teorice y hable de los brillantes sistemas que estudié si miro a mi alrededor y veo desilusión, rabia, poca esperanza y casi nadie dispuesto a evitarlo? ¿No se dan cuenta de lo que están haciendo con nuestras vidas? Lo que le ha pasado al primer ministro griego puede quedar en un hecho anecdótico, o no. Pero, desde luego, en Grecia –o aquí– ya hay muchas cosas y vidas que han trascendido a la historia.
¿Y si faltaran asesores?
No me voy a apuntar al carro de la demonización de todo lo político, de lo público, de la crítica descarnada de unas instituciones que son lo único que nos queda a los sin poder. Es impopular, pero es más necesario que nunca, porque en un momento en el que se aplaude que diputados o alcaldes se queden sin sueldo y que acaben siendo representantes solo los que pueden permitírselo, ya no es que sea necesario –que también– reivindicar el papel de la política en abstracto, sino que es casi un deber reivindicar el papel de los políticos. Y, si quieren, matizo: de los buenos políticos.
Con la brillantez a la que ya nos tiene acostumbrados, Jordi Évole presentó ayer el programa ‘#dedocracia’ en el que se entrevistaban a diferentes responsables políticos, y asesores de compañía, de instituciones tan inútiles como la Diputación de Alicante. Allí, se concentran más de 200 asesores (evidentemente, elegidos a dedo), cuyas funciones no están muy claras. “Algún día deberemos reflexionar en este país sobre qué papel han tenido las diputaciones como mecanismo definanciación de las estructuras de los partidos políticos”, me comentaba en su día alguien que lo ha vivido de cerca. Este día podría ser hoy mismo.
Pues bien, es cierto. Hay instituciones absolutamente inútiles, que no aportan ningún valor añadido a la gestión de lo público, que no aportan nada a la consolidación de la democracia, que no sirven como herramientas de transformación social. Acabemos con ellas. “Quitar las diputaciones supondría un ahorro de 1.000 millones de euros”, decía un Rubalcaba que hasta hace pocos meses no había dicho nada sobre el tema. ¿Por qué? Quizá no le salía a cuenta. “Las diputaciones tienen que desaparecer; no las elige el ciudadano”, decía también recientemente otro diputado autonómico socialista.
ELIMINAR LAS DIPUTACIONES
Atrás quedan las declaraciones de dirigentes del PP y CiU, hoy especialmente beneficiados gracias a esas instituciones. Pero en un país donde hay un inframunicipalismo que clama el cielo, quizá deberíamos empezar a mancomunar más servicios entre ellos, a agruparlos, y eliminar de una vez por todas unas diputaciones que, efectivamente, no sirven de mucho. Y mucho menos unos asesores que, en el fondo, están trabajando directamente para las estructuras de los partidos. Hace poco me enviaron la lista del personal eventual de la Diputación de Barcelona y reconocí a unos cuantos que se dedican a cosas que poco tienen que ver con las tareas de la diputación.
Sin embargo, allí donde más se necesitan, faltan asesores. El Congreso de los Diputados fue el gran olvidado del reportaje de Évole de ayer. Y quizá, el más necesario de todos. Es allí donde se legisla sobre temas trascendentales, donde se tiene realmente la capacidad de transformar las cosas, donde está la soberanía de nuestro país (de momento). Y es precisamente allí donde los diputados necesitan de más medios materiales para hacer unas leyes lo más ajustadas posibles y que no sean una chapuza.
Yo quiero que en mi país, como pasa con los diputados en los Estados Unidos o en Alemania, mis representantes dispongan de la capacidad para poder hacer lo mejor posible su trabajo. Sin sueldos, como algunos sugieren, y sin personal experto que les apoye –y en nuestro Congreso hay un gran déficit donde no hay ni un asesor por diputado–, podríamos poner a mi amigo taxista a legislar con sus soluciones adecuadas y sensatas para todo. Y espero que se note la ironía.
Conozco a diputadas (y hace falta decirlo, son del Partido Popular) que entran al hemiciclo con bolsas de unos grandes almacenes después de ir de compras. Pero es que conozco a una cantidad inmensa de parlamentarios que viven y se desviven por su trabajo: Jordi Cañas, Carles Campuzano, Laia Ortiz, Laia Bonet… Personas sin jornada laboral, en permanente contacto con sus representados, con asociaciones que son las que les acaban proporcionando la asesoría a la hora de legislar. Y con una vida privada casi del todo sacrificada.
Si no nos gusta como lo hacen, tenemos varias opciones. Desde luego salir a la calle sirve, y mucho, porque sin presión no hay transformación. Pero quizá deberíamos readaptar aquel lema de ‘Ocupa el Congreso’ por el de ’Ocupa un partido’ y empezar a ser nosotros protagonistas del cambio. No es sin instituciones como se progresa, sino tomando las riendas de las mismas. Sin ellas, y estamos calentando un clima para empezar a cargárnoslas con tranquilidad, son los poderes financieros los únicos con capacidad real de transformación. Y eso me asusta todavía más.
[respuesta al programa #dedocracia en la web de El Periódico de Catalunya]
Los bebés entramos al Parlamento
Probablemente serán diputados. Javi López (PSC), Roger Montañola (UDC), Marta Pascal (CDC) o José Antonio Coto (PPC) son gentes de mi generación y nacidos con el muro de Berlín a punto de caer. Su reto es mayúsculo, porque ellos entraron en política en un momento en el que la sensación de bienestar nos hacía ser generosos con casi todo, por muy mal que nos pareciera. Pero, y ellos lo saben, si el parlamentarismo lo consideramos mejorable, el funcionamiento interno de un partido –y de sus juventudes– nos debería parecer escandaloso.
Me representa más alguno de ellos que aquel colega que grita por la calle que él es el auténtico representante del pueblo. Pero si queremos evitar que este peligrosísimo discurso triunfe, estas nuevas generaciones que acceden a las instituciones deben apostar por la radicalidad democrática desde ya. No deben permitirse el lujo y el error de caer en las mismas dinámicas de sus mayores. Dialogar es un must ; la crítica no es una traición; y su razón de ser en un Parlamento no es otra que mejorar la vida de las personas, por lo que no deben perder mucho tiempo en la suya propia. Siempre he tenido dudas de la razón de ser de las juventudes de los partidos, pero conozco honrosas excepciones. Muchos se dedican al juego de la silla, al quítate tú para que me ponga yo, a las conspiraciones cutres y muy pocos invierten tiempo en pensar qué mundo quieren.
Quiero creer que algunos de los jóvenes amigos de los que os hablo forman parte de la excepción. El reto es grande. Han accedido a este mundo debiéndole más al aparato de su partido que al ciudadano que representarán y, si quieren ser honestos y formar parte de la generación del cambio, deberán dar la vuelta al sistema y ser dignos herederos de una democracia que necesita más que nunca de su actitud crítica y proactiva.
¿Vuelve un Maragall?
El jueves presenté un coloquio con Ernest Maragall. En el vídeo, Maragall nos anima a un grupo de jóvenes no tan solo a seguir hablando de política, sino a salir y a la calle y hacerla… Algo parecido a lo que vuelve a hacer el hasta ahora diputado del PSC. De hacer oposición interna, después de haber sido uno de los pesos pesados del socialismo catalán, pasa a crear un nuevo espacio político que se constituirá en los próximos meses y que pretende (con otros partidos, seguramente) construir de nuevo una alternativa parlamentaria e ideológica progresista a CiU. En Catalunya está pasando algo muy interesante (decidir las relaciones institucionales entre ciudadanos y la administración no es algo menor), pero tenemos el riesgo de hacerlo solo con una mayoría monocolor y que confundamos un país con un partido. Catalunya se merece mucho más y Maragall quiere intentarlo.
Si Rajoy y el PSC fueran inteligentes
Que lo del martes no es un cuento de hadas, un sueño de pocos o una simple manifestación de fin de semana, lo demuestran algunas reacciones que dentro y fuera de Catalu-nya tuvo lo que ya consideramos un día histórico. El PSC ya habla del derecho a decidir (lo ha hecho el presidente del grupo parlamentario). Y la prensa en Madrid se divide en dos, entre aquellos que piden al Estado consideración con Catalunya (ya lo podrían haber dicho hace dos años) y los que empiezan la estrategia del miedo al verlo como un probable punto de no retorno.
Si Rajoy fuera inteligente -que es una posibilidad– y quisiera preservar lo que él llama la «unidad» de España, debería aceptar el pacto fiscal y, ya que a él le gusta presentarse al mundo como el gran reformador, promover una histórica reforma constitucional donde el encaje territorial quedara, por fin, felizmente resuelto. ¿Improbable? Asimismo, si el PSC fuera inteligente -que también es otra posibilidad– y quisiera tener legitimidad para seguir hablando del federalismo (el federalismo son los padres, ya lo saben), debería ir el lunes al Parlament y pedir un referendo para saber si la gente quiere o no separarse de España. ¿Improbable?
En caso contrario, esta transición que Catalunya (y España) necesita quedará capitalizada básicamente por un partido que, superado por las circunstancias, será quien acabe determinando el rumbo del país. Con las ventajas o inconvenientes que eso tiene. El independentismo, señalabaJosep Ramoneda, tiene la gran virtud de ser el único proyecto propiamente político al que aferrarse en nuestro entorno en estos momentos. Y ante ello no cabe la posibilidad de verle simples desventajas o desprestigiarlo sin más, sino que hace falta entender, comprender y saber reaccionar desde dentro y desde fuera.
[artículo original publicado en El Periódico de Catalunya]