La banca siempre gana

La fortaleza del movimiento 15-M ha demostrado de nuevo que si bien no ha servido ni de lejos para mejorar la situación política y económica en el último año, la conciencia social por fin ha dejado de hibernar. Aquellos que, aprovechando sus debilidades internas, quisieron desprestigiarlo desde el primer día, han quedado retratados y han mostrado de qué pie calzan. La indignación se ha generalizado y, de momento, nadie sabe o quiere frenarla.

Que las concentraciones se hagan frente a importantes entidades bancarias, y no tengan nada que ver con aquel patético y frustrado secuestro de un Parlamento, por otro lado, ya secuestrado, evidencia también la madurez de un virtuoso fenómeno social que debería ir más allá en la contundencia de algunas de sus protestas. Generar conciencia social es muy importante, pero encontrar los instrumentos que sean capaces de condicionar el curso de la historia, lo es todavía más.

En un momento donde, efectivamente, se demuestra que la banca siempre gana (a costa de rescatarla con nuestro dinero), el Estado del bienestar es cuestionado con absoluta naturalidad (como si no hubiera alternativa), tenemos un presidente del Gobierno que ni está ni se le espera (o, al menos, no abre la boca) y nadie es capaz de generar ninguna certeza sobre si mañana saldrá el sol, cuesta de entender por qué se acepta todo tal y como viene y solo sepamos quejarnos a base de gritos.

Cuando el poder político democrático sea capaz de hacer frente al poder financiero, cuando los gritos empiecen a romper determinados tímpanos, cuando las instituciones sean instrumentos al servicio exclusivamente del ciudadano o incluso cuando se explique qué es lo que provoca que ahora no sea así, entonces, y solo entonces, podríamos empezar a no hablar de un fenómeno generalizado de indignación.

[artículo original publicado en El Periódico de Catalunya]

Oxigenar el parlamentarismo… ¡Y la democracia!

Es tan y tan sano y necesario que haya diputados como ella…

¿Y si Zapatero hubiera hecho lo mismo?

¿Papandreu se ha marcado un gol? ¿Y si Zapatero hubiera advertido -como Papandreu- a la oposición cuando planteó su plan de ajuste? ¿Y si la oposición se hubiera visto obligada a apoyarlo? ¿El resultado para las próximas elecciones hubiera sido el mismo? ¿Hubiera cambiado algo?

Déjame que yo decida por ti

«Al final parecerá normal decir que la gente no puede decidir sobre su propio futuro», dice un profesor en el patio de mi facultad. Yorgos Papandreu, respondiendo a no se sabe exactamente qué intereses, plantea un referendo para preguntar a los griegos si aceptan o no el plan de rescate establecido por la UE (o, mejor dicho, por Alemania y Francia). Días atrás, como recordaba el mismo Paul Krugman, un informe secreto revelaba que los programas de ajuste impuestos (o no) a Grecia eran sencillamente inviables.

En nombre de una responsabilidad que, por cierto, parece no haber logrado un avance significativo por lo que se refiere a la salida de la crisis, la iniciativa de Papandreu no tan solo ha sido cuestionada (algo legítimo), sino que se ha demonizado automáticamente.De nuevo, se ha evidenciado que no hay margen de decisión para los ciudadanos; el típico «todo para el pueblo, pero sin el pueblo».

Lo practicaron gentiles reyes bien vestidos; luego, militares que adornaban de folclore su ideología; y, ahora, unos hombres que dicen defender el libre mercado y la libertad de las personas, y que son suficientemente sabios para, en un ejercicio de paternalismo incomprensible, decidir que la gente no tiene mucho que decir. El nuevo totalitarismo se reviste de responsabilidad, elementos técnicos indiscutibles y corbatas de calidad. La política es, cada vez más, víctima y gestora de algo que imponen rostros invisibles, y las reacciones a la decisión de Papandreu lo evidencian.

Mientras Mario Draghi, ahora presidente del BCE y antaño trabajador de Goldman Sachs (ya saben, quienes controlan el mundo), asume su nuevo cargo –respondiendo a otro extraño juego de ajedrez–, los griegos deben ser conscientes de las consecuencias de su decisión. No obstante, se presume insultante asumir con naturalidad que la democracia es una farsa paternalista que ha delegado poder en instituciones controladas por no se sabe exactamente quién.

Probablemente, todo proceso de apertura en la toma de decisiones deba ir acompañado de un necesario ejercicio de pedagogía y educación cívica. Y, probablemente, queda mucho camino por recorrer. El futuro que escriban los griegos es incierto; pero tan incierto o más es el resultado final de unas políticas dictadas por determinadas instituciones y personas que no fueron capaces de predecir la quiebra de un sistema económico y financiero y que, hasta el día antes del crash , decían que todo iba sobre ruedas.

Quizá llegue el día en el que los poderes públicos tengan interés por dotar de cultura cívica a sus ciudadanos y hacerlos partícipes en más tomas de decisiones… Pero, mientras tanto, se debe asumir la responsabilidad que supuso decir que vivíamos en una democracia, y no formar, explicar y hacer pedagogía entre unos ciudadanos que son soberanos. El futuro está por escribir, la Unión Europea por reinventar y la democracia está sumida en una profunda crisis. Papandreu no tiene una varita mágica… Pero ya ha avisado.

[artículo original publicado en El Periódico de Catalunya]

Los Reyes son los padres

La tribuna estaba protagonizada por dos jarrones chinos. Los expresidentes Jordi Pujol y Romano Prodi, autor de una memorable frase que aludía a lamanca da finezza de la política española, hablaban sobre el futuro de la Unión Europea. Y, de hecho, cuando uno habla del futuro de la Unión es inevitable hablar también del futuro de la democracia. Tanto es así que la mención al movimiento del 15-M no se eludió y el president Pujol vaticinó hace dos días que, si bien no tendrá una concreción política a corto plazo, tal y como pasase con el Mayo del 68, la revolución cultural y el cambio de valores puede estar protagonizado por los jóvenes que hace meses estuvimos en sitios como la plaza de Catalunya.

«Nos hemos dado cuenta de la noche a la mañana de que los Reyes son los padres», me comentaba ayer un amigo en relación con la crisis. Y, tal y como pasó el día en que nos rompieron esa ilusión, estamos todavía en estado de shock. ¿Quiere decir mi amigo que nos hemos dado cuenta de que el Estado del bienestar es insostenible? ¿Quiere decir que la democracia está controlada por Goldman Sachs y aún no lo sabíamos? ¿Quiere decir que las instituciones no han sabido responder a los retos que tenemos como sociedad? ¿Quiere decir que la actividad política ha pasado a tener más capacidad gestora que de transformación social? ¿Quiere decir que tenemos que volver a generar, de nuevo y entre todos, ilusión? Probablemente, un poco de todo.

Lo que pasó hace unos meses en España no es tan diferente de lo que ha ido pasando en el resto del mundo, con los matices que se quiera, o de lo que está pasando últimamente en Nueva York. Si bien el diagnóstico de la crisis económica requiere de análisis profundos, lo cierto es que las crisis colaterales (la de valores y la de las instituciones, especialmente) se han puesto en evidencia. Y, en este sentido, hay que felicitarse porque, con el 15-M como punto pivotante, nos hemos dado cuenta colectivamente.

Dice Eduard Vallory en Educar en la política (Editorial Pòrtic, 2003) que en un contexto como el actual «podemos quedar a merced tanto de simplificaciones antisistema que llevan a la parálisis como de demagogos extremistas», y, por eso, «para que la democracia funcione» es necesario que «reconozcamos la vocación de las personas que tienen la política como vocación».

La política son los representantes públicos, tan humanos e imperfectos como cualquier otro, pero también lo son los periodistas, los activistas sociales, los profesores universitarios y todo aquel ciudadano preocupado e implicado por y para su entorno. Pongámonos, pues, a trabajar todos juntos, porque el enemigo está ahí fuera.

[artículo original publicado en El Periódico de Catalunya]

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