Archivo de etiquetas| crisis económica

De los riesgos de no escuchar

[El equipo de la revista eslovena Razpotja me ha pedido para su número del mes de junio un análisis del 15M, un año después. Os paso el original en castellano y a ver qué os parece... ] 

Es 15 de mayo de 2011. Diversas plataformas sociales, y algunos colectivos antiglobalización, organizan masivas e inesperadas manifestaciones por todo España. Critican los abusos de poder de la banca, cargan contra un sistema político e institucional imperfecto y contra los poderosos en general, y expresan un malestar que con los días pasará a ser generalizado. Lo empiezan a llamar Spanish Revolution, lo comparan con la Primavera árabe o el Mayo del 68 y quieren influir en la agenda política de nuestro país… Un año después, probablemente, podríamos decir que aquél 15M ha sido un poco de todo y un poco de nada. La ilusión que generó en determinados entornos esta manifestación, seguida por las movilizaciones y acampadas en todo el país los siguientes meses, es perfectamente equiparable a la frustración que se ha generado al volver la vista atrás un año después.

Por aquél entonces, España estaba gobernada por José Luis Rodríguez Zapatero, un presidente que, un año antes, había renunciado a su ideario socialdemócrata para aceptar las reglas de juego de la Unión Europea; a Italia todavía no se le había impuesto un Gobierno desde fuera; y la situación en Grecia era aún menos caótica que la actual. Sin embargo, el clima social de tranquilidad y certezas con el que había vivido la sociedad española en las últimas décadas se había visto superado por las circunstancias.

España, que vive desde 1978 el período de estabilidad democrática más largo de su historia, ha sabido construir un sistema institucional sólido que, con el paso de los años, ha entrado en la misma dinámica viciosa que la de nuestros Estados vecinos. Sin embargo, conviene destacar que nuestras instituciones son tan democráticas (o tan poco, según se quiera ver) como las de los países que nos rodean. Asimismo, cabe destacar también la fortaleza que hasta el momento ha tenido y tiene el Estado de Bienestar en nuestro país. Y es que nunca antes en la historia la sanidad y la educación primaria habían sido de acceso universal y nunca antes la igualdad de oportunidades había estado tan garantizada.

No es menos cierto, no obstante, que aquél sistema ideado por Montesquieu, donde había tres poderes bien diferenciados, independientes y controlados, no tiene exactamente mucho que ver con la realidad actual. Los poderes son muchos y sin rostro, se ha sustituido el dogma católico por la fe en el libre mercado, pero las condiciones sociales han mejorado exponencialmente y la posibilidad de ejercer derechos civiles no tienen ni si quiera nada que ver con los años que precedían a la Primera o la Segunda Guerra Mundial. No es un mal ejercicio, de hecho, preguntarle a nuestros abuelos en qué mundo vivían, qué certezas tenían sobre su futuro o qué penurias pasaron. Alarmarse por cómo están yendo las cosas es un ejercicio necesario, tanto como actuar en consecuencia, pero no conviene olvidar tampoco en qué punto nos encontramos si lo comparamos con épocas más o menos recientes.

El 15M, al que se le pueden achacar multitud de defectos, tuvo y tiene la gran virtud de haber generado una conciencia social necesaria para la supervivencia de cualquier sistema democrático. La palabra indignación, gracias a la irrupción de este Movimiento, ya forma parte del imaginario colectivo de la sociedad española. Una sociedad que se enfrenta a un 25% de paro y a unas políticas, marcadas desde Bruselas, que ahogan la economía de muchos hogares… Tan indignado, probablemente, está aquél empresario que ve como su empresa se desmorona, aquél taxista iracundo que te martiriza con sus soluciones sobre como va el mundo, aquél padre de familia que no puede mantener a su hijo y tiene una hipoteca con su banco, aquél inversor que se ha arruinado, o aquél estudiante recién salido de la Universidad que ve como invertir en educación no está siendo, de momento, garantía de nada. Pero, ¿es lo mismo?

El 15M ha tenido, como movimiento horizontal y excesivamente heterogéneo, dificultades internas inherentes a todo fenómeno de estas características. El asamblearismo, con el que ya es difícil convivir en una escalera de vecinos, genera problemas a medida que va creciendo el número de participantes… Y, al fin y al cabo, quiénes han protagonizado todas y cada una de sus protestas, tienen las mismas certezas sobre cómo cambiar el curso de la historia que las que tienen la mayoría de gestores políticos o analistas en general. Es decir, más bien pocas.

Hay quiénes critican los maximalismos de sus demandas, quiénes critican la superioridad moral de los que se reivindican, en ocasiones, como los auténticos representantes del pueblo, o quiénes critican la falta de contundencia de sus protestas. Y, probablemente, no les falta razón.  Pero no podemos exigir, cuando hacemos determinados juicios de valor, aquello que ni nosotros mismos somos capaces de hacer.

De la melodía que acompaña a este movimiento, que es probablemente más útil para analizarlo que detenerse en saber qué dice su letra, deberíamos quedarnos con la constatación de lo necesario que se presenta agitar (que no destruir) la democracia representativa; o el obligado reto que es devolver a las instituciones políticas la posibilidad de hacer frente a poderes que nadie ha escogido.  Si no nos detenemos en ello, especialmente quiénes tienen la opción de legislar, quizá llegará un día en el que será demasiado tarde. Para entonces,  pocos creerán en un sistema que les ha ido excluyendo en la toma de decisiones y podrían preferir una solución más simple y peligrosa.

A quiénes desde determinadas instituciones se congratulan por lo virtuoso que es el pacifismo del 15M, se les debería exigir también una actitud dialogante y capaz no tan solo de escuchar, sino de cristalizar algunas de las demandas del Movimiento. De otra forma, podríamos entender como un ejercicio de cinismo ese juicio de valor (“Tu grita, que no pasa nada y, encima, no me molestas en exceso”). De no ser así, no debería extrañar a nadie que el pacifismo derivara, quizá más pronto que tarde, en protestas más violentas que podrían visualizarse como la única forma de poder condicionar las cosas (“Parece ser que hablando no me hacen caso, ¿qué me queda?”).

¿Crisis o cara dura?

Al lado del gimnasio al que voy, en la calle Caspe de Barcelona, hay una empresa cuyos trabajadores dicen que están trabajando gratis, que su jefe no les paga y que les va dando excusas. ¿Son efectos de la crisis, o estamos ante un auténtico cara dura? Recuerdo que cuando hace unos meses durante dos días huvo huelga de transportistas, alguna empresa de automóviles aprovechó para echar a la calle a un montón de gente con la excusa de que (¡durante 2 días!) no llegaban piezas. Con la crisis está pasando algo parecido. Algunas empresas, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid…

Respondiendo a un liberal

A raíz de un artículo que publiqué ayer en prensa, hoy me han llegado varios correos cuestionando los servicios públicos de sanidad y educación. Un empresario, autoproclamado como liberal, me ha hecho varias preguntas:

  • “¿Por qué tengo que pagar la sanidad de los inmigrantes?”.

Si España no garantizara la universalidad de la sanidad, algunas de estas personas venidas de fuera, podrían por ejemplo, cultivar diversos y variados tipos de enfermedades en nuestro país (de tipo tropical, por ejemplo). Acabaría perjudicado.

  • “No, porque si no les pagáramos la sanidad no vendrían”.

Sociológicamente la afirmación no se sostiene por ningún lado. En EEUU la sanidad no es universal y siguen llegando inmigrantes cada día.

  • “Vale, entonces que el servicio público cubra tan solo las enfermedades contagiosas”.

De acuerdo, entonces vamos a contribuir a varias cosas: la gente morirá antes y por tanto no se podrá sostener el sistema de pensiones (” da igual, tengo un sistema privado de pensiones”), la humanidad se acabará extinguiendo y la empresa que dirige algún día acabará no teniendo trabajadores (“me da igual, mientras no pase mientras sea yo el propietario, lo cual es improbable”, si su trabajador se rompe la pierna no podrá ir a trabajar…

  • “Entonces lo despediré”.

Bien, pero teniendo en cuenta que deberá indemnizarlo, quizá no le interese económicamente cada vez que le pase a un trabajador suyo. El sistema privado de pensiones podrá quebrar en cuanto la población empiece a envejecer como consecuencia de la mortalidad alta de la humanidad y, quizás, es cierto… Mientras usted viva, la humanidad no se extinguirá. Entiendo que le da igual si eso pasa cuando esté su hijo, el que estudia en Harvard, por ejemplo.

  • “A ver… Lo que discuto es el sistema. Yo no tengo porque pagar a un trabajador que no puede hacerlo porque está cojo. Lo despido y ya vendrá otro a sustituirlo”.

Vale, pero teniendo en cuenta que no le va a pagar la sanidad a nadie y que la posibilidad de romperse algo durante la construcción de una casa es alta… ¿Va a sostener la empresa siempre que quiera?

  • “Insisto, el que no pueda trabajar que se vaya”.

Sí, y si no que vengan inmigrantes no cubiertos sanitariamente, sin papeles y que no se quejenn… Hasta el día que vaya a verlos y coja usted la gripe.

  • “No, no quiero inmigrantes… Además, no tengo tiempo para ver todas mis obras. En todo caso, que se creen barrios para ellos, como en EEUU, y así evitar el contagio. Pero, ¿ por qué tengo que pagar el colegio público de estos inmigrantes o el del hijo de la panadera? Durante gran parte de la historia la gente no iba al colegio y no se ha acabado el mundo”.

Bueno, un pueblo analfabeto no tenía muchas dificultades para aceptar un poder tirano. Pero, ¿de verdad que es mejor no hacerlo? Vale… Entonces estará dispuesto a pagar las consecuencias. Un país analfabeto, unos altos indices de delincuencia (proporcionalmente vinculados a los indices de analfabetización), un sistema tirano no garantista que pueda expropiarlo… Ahora bien, por favor, ponga el mismo empeño en criticar la educación pública como la concertada, la de los curas. ¿Por qué tengo yo que pagar para que enseñen a unos curas, cuando no comparto su doctrina?

  • “Mire, a mi me da igual si hay delincuencia, porque en mi urbanización hay buenos sistemas de seguridad. Además… ¿por qué tengo que pagar a la Policía, si tengo guardaespaldas?”.

Veo que tiene mucho dinero, entonces. ¡No hay muchos como usted! Tiene suerte, porque si usted es consciente de las consecuencias que tiene lo que plantea, la mayoría de los que defienden su postura no tienen ni idea (ni dinero). Perfecto, usted tiene seguridad privada… Y, entiendo, que le da igual regular las fronteras con Policía, porque a usted no le van a hacer nada (excepto trabajar en su empresa si lo necesitara), no le van a contagiar nada (porque, en todo caso, los quiere encerrar en zonas para ellos), no le importa que haya terrorismo (porque sus guardaespaldas ya se encargarán de dar su vida por usted…) ¡En fin! Está curado de todo espanto.

  • “Sí”.

Mire, mientras estábamos hablando su empresa constructora ha quebrado… Sus hijos ya no irán al colegio privado, ni al hospital clínico más caro del país. Es más, la deuda acumulada le dejará en esta situación durante varios años. Ahora es cuando pide a los demás que seamos solidarios y quiere un Estado garantista… Ahora entro yo en su dinámica. ¡Me acaba de tocar la lotería y no pida que la comparta!

¿Crisis de modelo?

Ahora se trata de socializar las pérdidas y de privatizar los beneficios.
El comunismo se hundió en 1989, ¿el neoliberalismo en 2008?

Mirarse el ombligo

David De Ugarte decía en Radiocable que la prensa española se mira mucho el ombligo hablando de la situación económica de nuestro país y que no habla de cosas especialmente trascendentales para el mundo. Parece que la cosa es así y, además, se debe tener en cuenta que el hecho de que la situación económica sea la que es, no obliga a dejar de lado otras cuestiones especialmente importantes. 

No hay duda de que la crisis tiene como consecuencia que el gasto público, la seguridad social, la gestión del trabajo (también de inmigración), y otras cuestiones se vean alteradas. No obstante, que haya crisis no significa que no haya que seguir actuando en otros ámbitos como la reforma de la Ley del Aborto, que es necesaria (por un lado para evitar auténticos crímenes, y por otro para que en unos plazos determinados se pueda llevar o no acabo la actividad); negociar un nuevo sistema de financiación autonómico (que en un momento como este será más complicado, pero hay una ley orgánica que obliga a hacer reformas); abrir el debate sobre la eutanasia, como mínimo para evitar situaciones que están al margen de la ley y dar cobertura a gente que lo necesita; y así una larga lista.

Si fuera por algunos solo existiría el ministerio de Economía (eso sí, para permitir que los beneficios sean privados, pero para socializar las pérdidas) y dejarían de lado la construcción de ferrocarril, la investigación, la inversión en Educación, la reforma de las instituciones… Todo son cortinas de humo.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 2.551 seguidores