“Catalunya no tiene que pagar la fiesta de los demás”

La frase es de Dolors Montserrat, candidata del PP a las elecciones del 20N. El martes de la semana pasada moderé un debate organizado por de Deba-t.org en la Universitat Pompeu Fabra con los candidatos de los partidos catalanes a las próximas elecciones generales. ¡Os paso un video-resumen!;)

Campuzano, Bonet y la buena política

Decía José Antonio Labordeta en Memorias de un beduino (Ediciones B, 2009) que el diputado Carles Campuzano «es la voz progresista de CiU». «Me pregunto por qué razón está en esa coalición. No lo entiendo», aseguraba. En cualquier caso, y más allá de lo que comentaba el cantautor, este congresista es una viva muestra de la honestidad y dignidad en política. Campuzano, que trabaja en el ámbito de las políticas sociales, creó hace algunos años, en un claro ejercicio de innovación social, un grupo de reflexión formado por académicos, sindicalistas, empresarios o estudiantes universitarios, de cuyos encuentros se sirve para adoptar decisiones relacionadas con sus áreas de trabajo. El diálogo, a base de enmiendas, de algo ha servido.

La política tiene nombres y apellidos y Laia Bonet,flamante portavoz del PSC, es otro buen ejemplo. Autora de un pequeño decálogo en defensa de la política disponible en su web, insultantemente obvio pero necesario y aparentemente olvidado, es otra de esas figuras que dignifican a las instituciones. Cuando, no hace mucho, se le propuso un encuentro con un grupo de trabajo de la ley electoral derivado del 15-M, en pleno proceso de negociación entre CiU y PSC en relación con el tema, no dudó en hacerlo. Eso también es política y conviene saberlo.

«Si hay que enfrentarse con el mundo financiero, deberíamos estar organizados», decía un parlamentario defendiendo la necesidad de votar el 20-N. Aun conscientes de la crisis por la que pasan las instituciones, el reconocimiento de determinadas acciones, nuestra implicación ya sea a través del voto, de las organizaciones sociales, los partidos o los movimientos cívicos, resultan imprescindibles para generar un escenario diferente. Probablemente, lo contrario no es solo un error sino un ejercicio peligroso.

[artículo original publicado en El Periódico de Catalunya]

Los gestos y el equilibro institucional

«¿De qué ha servido el 15-M?», me preguntaba este verano un familiar. Algo así planteó también el presidente francés, Nicolas Sarkozy, con esa seguridad que le caracteriza, en relación con la revolución de Mayo del 68. Lejos de entenderlo como una pregunta retórica, y al no obtener respuesta,Daniel Cohn-Bendit, hoy eurodiputado y protagonista en aquel momento, le respondió que si de algo había servido era para que alguien como Sarkozy pueda ser hoy presidente de la República. Un presidente con una ascendencia austrohúngara, judía, y además casado en segundas nupcias, no hubiera sido aceptado por los ciudadanos franceses años antes de la primavera de 1968.

La causalidad de toda acción, ya sea de una revolución, estudiar permanentemente o leer más libros que revistas, no es inmediata. Mayo del 68 modificó progresivamente la escala de valores de una generación, el 15-M tendrá no se sabe qué efectos en las relaciones entre política y ciudadanía -de momento, si algo aceptan en el Parlament es que ha servido para no postergar más el debate de la ley electoral- y las últimas maniobras de CiU, abrazando a parte del entorno intelectual del PSC e incorporando a Ferran Mascarell al Govern o a Joan Barril como asesor del candidato Duran Lleida, pueden no ser una anécdota.

Las consecuencias de estos gestos, aparentemente inofensivos, pueden ser peligrosas para el equilibro institucional de Catalunya, a la par que un gran éxito para el partido de Artur Mas. Que personas con un origen socialista se dejen querer, en nombre del catalanismo, por un partido de momento mucho más fuerte que el PSC podría despistar a un electorado de izquierdas, huérfano y en búsqueda de referentes. CiU, de momento, ya ha empezado su particular revolución y en el PSC deberían ser conscientes.

[artículo publicado en El Periódico de Catalunya]

Ni sí, ni no, sino todo lo contrario

La decisión de CiU de no votar la admisión a trámite de la reforma constitucional era una posición muy cómoda. Con la excusa, facilitada por el PP y el PSOE, de haber sido marginados del proceso, ellos respondían simbólicamente esta mañana “ausentándose” de la votación. O sea, “ni sí, ni no, sino todo lo contrario”. Y aunque el marketing político (y seguramente la convicción de la mayoría de los miembros del Grupo) les ha dejado como unas personas con más respeto a las instituciones democráticas que otros parlamentarios, tampoco perdamos de vista que tampoco han fijado una posición concreta por lo que se refiere al fondo de la cuestión.

No le falta razón a Duran i Lleida cuando dice que se ha acabado con el espíritu de consenso de la Constitución. El pacto para esta reforma se hizo público antes de que la propia dirección del PSOE hubiera sido consultada, y sin que los otros grupos parlamentarios -a excepción del de Mariano Rajoy- supieran de qué iba la cosa. Tampoco le falta razón a Duran i Lleida cuando dice que, probablemente, por respeto a la ciudadanía, los diputados debieran pedir la convocatoria de un referéndum. Como tampoco le falta razón al diputado Carles Campuzano, el más explícito del Grupo catalán en relación al fondo de la cuestión, cuando dice que la estabilidad presupuestaria no necesita de su cristalización en la Carta Magna.

En cualquier caso, leyendo las crónicas que se han hecho al respecto, y las conversaciones que uno va teniendo, tampoco se entiende el papel de la Ejecutiva del PSC que, pese a ser crítica en su mayoría con la reforma de la Constitución, aprobaron por asentimiento el apoyo de los 25 diputados socialistas catalanes a la reforma que nos ocupa. Laia Bonet y Jaume Collboni, cuenta la prensa, decían que sería de recibo complementar el proceso con una consulta a la ciudadanía, por ejemplo. Asimismo, Marina Geli, dice en Twitter, que es una reforma que “no queríamos” y que “ha sido impuesta para comprar deuda“. Otros, que son la mayoría, se limitan a decir que se trata de una cuestión de “urgencia y excepcional”. En privado, sin embargo, sobre todo coinciden en que el proceso debería haber sido distinto, porque a las instituciones democráticas se les está haciendo un flaco favor. Seguramente, se debería hacer un esfuerzo añadido de explicación y liderazgo, pero quién lo debería hacer ya no tiene crédito, cuentan.

En el fondo, la mayoría están (o estamos) un poco superados por las circunstancias y, aunque no guste, hay más dudas que certezas. Los próximos meses, y años, parece que van a ser intensos por lo que se refiere a la redifinición del concepto de soberanía nacional, el papel de los Estados en la UE y la construcción, o deconstrucción, de la Unión, el Estado de Bienestar, etc… Y en esa línea hace unas semanas le preguntaba un compañero a un economista  si su prestigioso equipo de investigadores conoce alguna fórmula para sacar a Occidente de la crisis. ¿La respuesta? Ni sí, ni no, sino todo lo contrario. Inevitablemente, las dudas, siempre inquietantes, están presentes, ahora más que nunca, en nuestra toma de decisiones.

Canallas constitucionalistas

Rosemary, la guía que nos acompañó el viernes por la House of Commons, nos contaba con entusiasmo cómo era el sistema constitucional británico. “No tenemos Constitución”, dijo. La mayoría de turistas no lo entendían… ¿Una de las democracias más antiguas del mundo sin Constitución? Sencillamente, van un paso por delante. El cuerpo constitucional del Reino Unido está formado por un conjunto de leyes básicas que pueden reformarse según la circunstancia y no en base a un pacto firmado un día en el que ni siquiera la mayoría habíamos nacido.

En España es diferente. La Constitución la redactaron entre 5 personas, luego la votaron (yo y tantos otros no, por una imposibilidad metafísica) por abrumadora mayoría e incluso se aceptaron unos mecanismos de reforma que, repetidos e interpretados una y otra vez, venían a lanzar un mensaje claro: reformar la Constitución es más complejo que descubrir el sexo de los ángeles (¡todo sea por el bien de la democracia!). Pues bien, en dos días, en pleno verano, dos tipos han decidido que sí, que se va a reformar, que nada de preguntar a nadie porque no hace falta y que la democracia, en el fondo, depende de un pacto entre dos personas. Y de aquél ente abstracto que nos sugiere la reforma, vaya.

¿La conclusión? Zapatero podría pasar también a la historia por haber sido presidente en una legislatura en la que se ha pervertido el espíritu democrático con el que se había hecho la Constitución, a menos así lo dice el marketing. Primero fue el Tribunal Constitucional con su sentencia en relación al Estatut y, ahora, el propio Gobierno proponiendo una reforma (que más allá del fondo, chirría en la forma) que no estaba prevista, sobre la que no ha habido ningún debate previo ni si quiera en los propios partidos y que está dando la razón a los que ya sea en los riots de Londres o en el 15M en Madrid o Barcelona dicen que nuestro sistema, de democrático, más bien poco.

Mañana, si no cambia el planteamiento inicial de la propuesta, cuando Stiglitz o Krugman digan que la contención del déficit es peligrosa para la propia economía estarán promoviendo algo inconstitucional. Pero, sobre todo, cuando mañana cualquiera diga que España es un Estado con un gran déficit democrático, donde los partidos ni si quiera debaten en su seno temas de gran trascendencia y que la poca confianza en la política es consecuencia de la propia política, no le faltará razón. Y no habrá excusas.

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