La decisión de CiU de no votar la admisión a trámite de la reforma constitucional era una posición muy cómoda. Con la excusa, facilitada por el PP y el PSOE, de haber sido marginados del proceso, ellos respondían simbólicamente esta mañana “ausentándose” de la votación. O sea, “ni sí, ni no, sino todo lo contrario”. Y aunque el marketing político (y seguramente la convicción de la mayoría de los miembros del Grupo) les ha dejado como unas personas con más respeto a las instituciones democráticas que otros parlamentarios, tampoco perdamos de vista que tampoco han fijado una posición concreta por lo que se refiere al fondo de la cuestión.
No le falta razón a Duran i Lleida cuando dice que se ha acabado con el espíritu de consenso de la Constitución. El pacto para esta reforma se hizo público antes de que la propia dirección del PSOE hubiera sido consultada, y sin que los otros grupos parlamentarios -a excepción del de Mariano Rajoy- supieran de qué iba la cosa. Tampoco le falta razón a Duran i Lleida cuando dice que, probablemente, por respeto a la ciudadanía, los diputados debieran pedir la convocatoria de un referéndum. Como tampoco le falta razón al diputado Carles Campuzano, el más explícito del Grupo catalán en relación al fondo de la cuestión, cuando dice que la estabilidad presupuestaria no necesita de su cristalización en la Carta Magna.
En cualquier caso, leyendo las crónicas que se han hecho al respecto, y las conversaciones que uno va teniendo, tampoco se entiende el papel de la Ejecutiva del PSC que, pese a ser crítica en su mayoría con la reforma de la Constitución, aprobaron por asentimiento el apoyo de los 25 diputados socialistas catalanes a la reforma que nos ocupa. Laia Bonet y Jaume Collboni, cuenta la prensa, decían que sería de recibo complementar el proceso con una consulta a la ciudadanía, por ejemplo. Asimismo, Marina Geli, dice en Twitter, que es una reforma que “no queríamos” y que “ha sido impuesta para comprar deuda“. Otros, que son la mayoría, se limitan a decir que se trata de una cuestión de “urgencia y excepcional”. En privado, sin embargo, sobre todo coinciden en que el proceso debería haber sido distinto, porque a las instituciones democráticas se les está haciendo un flaco favor. Seguramente, se debería hacer un esfuerzo añadido de explicación y liderazgo, pero quién lo debería hacer ya no tiene crédito, cuentan.
En el fondo, la mayoría están (o estamos) un poco superados por las circunstancias y, aunque no guste, hay más dudas que certezas. Los próximos meses, y años, parece que van a ser intensos por lo que se refiere a la redifinición del concepto de soberanía nacional, el papel de los Estados en la UE y la construcción, o deconstrucción, de la Unión, el Estado de Bienestar, etc… Y en esa línea hace unas semanas le preguntaba un compañero a un economista si su prestigioso equipo de investigadores conoce alguna fórmula para sacar a Occidente de la crisis. ¿La respuesta? Ni sí, ni no, sino todo lo contrario. Inevitablemente, las dudas, siempre inquietantes, están presentes, ahora más que nunca, en nuestra toma de decisiones.