El día que invistieron president a Artur Mas, servidor estaba sentado en la Tribuna, con un fiel amigo, justo detrás de su familia. Desde la distancia, mientras todos buscaban un saludo o un abrazo de la primera Dama, observé la elegancia, sencillez y cordialidad que desprendían los gestos y palabras de la que es mujer del ya president Mas. Reconozco que en los grandes días, cuando hay un Congreso, una gran celebración, una entrega de Premios, o en los días en los que se nombra a un presidente, cada vez más, y quizá porque cada vez soy más consciente de lo que me rodea, me hago más pequeño en el espacio… E intento pasar desapercibido.
Mientras, a la salida del hemiciclo, todo el mundo buscaba la complicidad de Artur Mas, su familia, las personas que ya sonaban como futuros Consellers, y pese a ser un fan de Lluís Recoder, decidí ir a comer al restaurante del Parlament. En el comedor de al lado, Artur Mas y su familia rodeados de una gran espectación, en el mío, un prometedor Gerard Figueras o un gran profesor, Jordi Xuclà, comían con tranquilidad. Sus méritos son lo suficientemente grandes como para buscar complicidades en momentos como este.
Digo todo esto porque, tras ver el documental que ha emitido TV3 en el que se veían las últimas 72 horas de Mas antes de ser president, me han venido dos ideas a la cabeza. La primera es que pese a no ser, en principio, especialmente partidario de la figura de la primera Dama (más propia de las Monarquías que de sistemas como el nuestro) he de admitir que Helena Rakosnik me produce cierta simpatía. Una simpatía que, probablemente, compartan muchas personas más y que, seguramente, pueda traducirse en un apoyo institucional complementario del que podría tomar partido el nuevo president. Y la segunda es que, tras ver las imágenes de la noche del Majestic, recuerdo una vez más lo que vi la noche electoral.
La primera parte de esa noche la pasé junto a Montse Nebrera (amiga especial que, pese a haber tenido incluso ofertas de CiU para incorporarse con los suyos, decidió estrellarse, en coherencia con lo que ella consideraba oportuno, la noche de las elecciones). Hacia las 23h llegué al Majestic. Para bien, y/o para menos bien, muchos amigos festejaban la noche electoral por ahí (incluso los que habían votado a Joan Laporta). El caso es que fui porque, empequeñecido por la gran celebración que podía observar, a uno siempre le ilusiona ver felicidad a su alrededor… Y allí vi otra escena que, días después, volvería a ver en el Parlament. Se trata de la extraña necesidad de los reconvertidos a última hora de saludar a una persona que, con la formación del nuevo Govern, ha premiado más el esfuerzo de personas preparadas (con algunas excepciones), que al extraño mérito de hacer la pelota justo el segundo antes de salir despedido por la borda. Así que nada, suerte a todos…