Sin argumentos en contra
El sistema económico, la Unión Europea o el Estado español son, al fin y al cabo, instrumentos. Instrumentos mediante los cuales se alcanza un objetivo. No soy socialdemócrata o socioliberal por una cuestión de fe, no soy europeísta porque Van Rompuy (¿quién?) se me haya revelado, ni me interesa el Estado español porque me hierva la sangre. De hecho, cada día soy más escéptico con Europa si lo único que destila es tecno y plutocracia; cada día soy menos socialdemócrata si la socialdemocracia es incapaz de plantear alternativas; y desde luego, eso del Estado español hace tiempo que no me parece funcional al no estar al servicio de los ciudadanos.
Jordi Pujol dijo, con razón, que se le habían acabado los argumentos para oponerse a los independentistas. Lo mismo me pasa, por ejemplo, con la UE, que poco tiene que ver en su ejercicio con aquello de la Europa democrática y de los pueblos, o con la defensa de las instituciones y los representantes públicos. Al fin y al cabo, la falta de empatía que circula en lugares que en principio son las herramientas de transformación social de los que no tenemos dinero, de los sin poder, les condena.
Me quedo sin argumentos para defender a las instituciones, cuando los gobiernos en España indultan a unas 500 personas al año y dormir en la calle está sancionado. Me quedo sin argumentos cuando oigo a Núria de Gispert inaugurar la legislatura y no menciona ni una sola vez la crisis económica mientras hay gente que se ve obligada a ir a un comedor social. Me quedo sin argumentos cuando alguien no paga su hipoteca y al poco la echan de su casa, pero si otro cobra comisiones el proceso se alarga… Y se olvida. No tendremos muchas más oportunidades. Si debatiendo, denunciando, reflexionando, los hay que no asumen su noble función representativa, ¿qué nos queda?
De los riesgos de no escuchar
[El equipo de la revista eslovena Razpotja me ha pedido para su número del mes de junio un análisis del 15M, un año después. Os paso el original en castellano y a ver qué os parece... ]
Es 15 de mayo de 2011. Diversas plataformas sociales, y algunos colectivos antiglobalización, organizan masivas e inesperadas manifestaciones por todo España. Critican los abusos de poder de la banca, cargan contra un sistema político e institucional imperfecto y contra los poderosos en general, y expresan un malestar que con los días pasará a ser generalizado. Lo empiezan a llamar Spanish Revolution, lo comparan con la Primavera árabe o el Mayo del 68 y quieren influir en la agenda política de nuestro país… Un año después, probablemente, podríamos decir que aquél 15M ha sido un poco de todo y un poco de nada. La ilusión que generó en determinados entornos esta manifestación, seguida por las movilizaciones y acampadas en todo el país los siguientes meses, es perfectamente equiparable a la frustración que se ha generado al volver la vista atrás un año después.
Por aquél entonces, España estaba gobernada por José Luis Rodríguez Zapatero, un presidente que, un año antes, había renunciado a su ideario socialdemócrata para aceptar las reglas de juego de la Unión Europea; a Italia todavía no se le había impuesto un Gobierno desde fuera; y la situación en Grecia era aún menos caótica que la actual. Sin embargo, el clima social de tranquilidad y certezas con el que había vivido la sociedad española en las últimas décadas se había visto superado por las circunstancias.
España, que vive desde 1978 el período de estabilidad democrática más largo de su historia, ha sabido construir un sistema institucional sólido que, con el paso de los años, ha entrado en la misma dinámica viciosa que la de nuestros Estados vecinos. Sin embargo, conviene destacar que nuestras instituciones son tan democráticas (o tan poco, según se quiera ver) como las de los países que nos rodean. Asimismo, cabe destacar también la fortaleza que hasta el momento ha tenido y tiene el Estado de Bienestar en nuestro país. Y es que nunca antes en la historia la sanidad y la educación primaria habían sido de acceso universal y nunca antes la igualdad de oportunidades había estado tan garantizada.
No es menos cierto, no obstante, que aquél sistema ideado por Montesquieu, donde había tres poderes bien diferenciados, independientes y controlados, no tiene exactamente mucho que ver con la realidad actual. Los poderes son muchos y sin rostro, se ha sustituido el dogma católico por la fe en el libre mercado, pero las condiciones sociales han mejorado exponencialmente y la posibilidad de ejercer derechos civiles no tienen ni si quiera nada que ver con los años que precedían a la Primera o la Segunda Guerra Mundial. No es un mal ejercicio, de hecho, preguntarle a nuestros abuelos en qué mundo vivían, qué certezas tenían sobre su futuro o qué penurias pasaron. Alarmarse por cómo están yendo las cosas es un ejercicio necesario, tanto como actuar en consecuencia, pero no conviene olvidar tampoco en qué punto nos encontramos si lo comparamos con épocas más o menos recientes.
El 15M, al que se le pueden achacar multitud de defectos, tuvo y tiene la gran virtud de haber generado una conciencia social necesaria para la supervivencia de cualquier sistema democrático. La palabra indignación, gracias a la irrupción de este Movimiento, ya forma parte del imaginario colectivo de la sociedad española. Una sociedad que se enfrenta a un 25% de paro y a unas políticas, marcadas desde Bruselas, que ahogan la economía de muchos hogares… Tan indignado, probablemente, está aquél empresario que ve como su empresa se desmorona, aquél taxista iracundo que te martiriza con sus soluciones sobre como va el mundo, aquél padre de familia que no puede mantener a su hijo y tiene una hipoteca con su banco, aquél inversor que se ha arruinado, o aquél estudiante recién salido de la Universidad que ve como invertir en educación no está siendo, de momento, garantía de nada. Pero, ¿es lo mismo?
El 15M ha tenido, como movimiento horizontal y excesivamente heterogéneo, dificultades internas inherentes a todo fenómeno de estas características. El asamblearismo, con el que ya es difícil convivir en una escalera de vecinos, genera problemas a medida que va creciendo el número de participantes… Y, al fin y al cabo, quiénes han protagonizado todas y cada una de sus protestas, tienen las mismas certezas sobre cómo cambiar el curso de la historia que las que tienen la mayoría de gestores políticos o analistas en general. Es decir, más bien pocas.
Hay quiénes critican los maximalismos de sus demandas, quiénes critican la superioridad moral de los que se reivindican, en ocasiones, como los auténticos representantes del pueblo, o quiénes critican la falta de contundencia de sus protestas. Y, probablemente, no les falta razón. Pero no podemos exigir, cuando hacemos determinados juicios de valor, aquello que ni nosotros mismos somos capaces de hacer.
De la melodía que acompaña a este movimiento, que es probablemente más útil para analizarlo que detenerse en saber qué dice su letra, deberíamos quedarnos con la constatación de lo necesario que se presenta agitar (que no destruir) la democracia representativa; o el obligado reto que es devolver a las instituciones políticas la posibilidad de hacer frente a poderes que nadie ha escogido. Si no nos detenemos en ello, especialmente quiénes tienen la opción de legislar, quizá llegará un día en el que será demasiado tarde. Para entonces, pocos creerán en un sistema que les ha ido excluyendo en la toma de decisiones y podrían preferir una solución más simple y peligrosa.
A quiénes desde determinadas instituciones se congratulan por lo virtuoso que es el pacifismo del 15M, se les debería exigir también una actitud dialogante y capaz no tan solo de escuchar, sino de cristalizar algunas de las demandas del Movimiento. De otra forma, podríamos entender como un ejercicio de cinismo ese juicio de valor (“Tu grita, que no pasa nada y, encima, no me molestas en exceso”). De no ser así, no debería extrañar a nadie que el pacifismo derivara, quizá más pronto que tarde, en protestas más violentas que podrían visualizarse como la única forma de poder condicionar las cosas (“Parece ser que hablando no me hacen caso, ¿qué me queda?”).
La banca siempre gana
La fortaleza del movimiento 15-M ha demostrado de nuevo que si bien no ha servido ni de lejos para mejorar la situación política y económica en el último año, la conciencia social por fin ha dejado de hibernar. Aquellos que, aprovechando sus debilidades internas, quisieron desprestigiarlo desde el primer día, han quedado retratados y han mostrado de qué pie calzan. La indignación se ha generalizado y, de momento, nadie sabe o quiere frenarla.
Que las concentraciones se hagan frente a importantes entidades bancarias, y no tengan nada que ver con aquel patético y frustrado secuestro de un Parlamento, por otro lado, ya secuestrado, evidencia también la madurez de un virtuoso fenómeno social que debería ir más allá en la contundencia de algunas de sus protestas. Generar conciencia social es muy importante, pero encontrar los instrumentos que sean capaces de condicionar el curso de la historia, lo es todavía más.
En un momento donde, efectivamente, se demuestra que la banca siempre gana (a costa de rescatarla con nuestro dinero), el Estado del bienestar es cuestionado con absoluta naturalidad (como si no hubiera alternativa), tenemos un presidente del Gobierno que ni está ni se le espera (o, al menos, no abre la boca) y nadie es capaz de generar ninguna certeza sobre si mañana saldrá el sol, cuesta de entender por qué se acepta todo tal y como viene y solo sepamos quejarnos a base de gritos.
Cuando el poder político democrático sea capaz de hacer frente al poder financiero, cuando los gritos empiecen a romper determinados tímpanos, cuando las instituciones sean instrumentos al servicio exclusivamente del ciudadano o incluso cuando se explique qué es lo que provoca que ahora no sea así, entonces, y solo entonces, podríamos empezar a no hablar de un fenómeno generalizado de indignación.