Stiglitz: “Argentina demostró que es posible responder a la crisis”
Stiglitz se congratula por cómo afrontó Argentina su crisis y lo pone como ejemplo para Europa.
¿Os suena?
Basta de Parlamento y de política oscura. Basta de izquierdas y de derechas. Basta de egoísmos capitalistas y de indisciplina proletaria. Ya es hora de que España, unida, fuerte y rebelta, recobre el timón de sus grandes destinos.
Un manifiesto a España de la Falange Española de las JONS. Aún hay ecos… Que si todos unidos por España, que si no hay izquierdas, ni derechas, que si vamos a ser equidistantes en relación a determinado capitalismo, pero también ante los rebeldes sindicalistas, que si hace falta que España esté unida para no se qué… Pues eso.
Sánchez Gordillo: el dedo y la Luna
El diputado Sánchez Gordillo no es un tipo que me entusiasme. Así que, si os parece, me gustaría hablar concretamente de lo que hizo ayer , que ya es de sobras conocido y sobre lo que ha habido todo tipo de reacciones. La mayoría de comentarios que he leído sobre el tema, señalan que Gordillo es un bárbaro, que es un iluminado (que parece que lo es), que no se puede permitir que nadie robe en un supermercado… Y mucho menos, que aunque el objetivo de la acción de este diputado y sus colegas haya sido repartir la comida en un comedor social, no es un Robin Hood sino un delincuente más. Un delincuente muy especial, de todos modos, porque llamó a la televisión para que le grabaran. Así que parece que algún mensaje quería lanzar…
En un país en el que Rodrigo Rato, Iñaki Urdangarín o Carlos Dívar descansan todavía en sus casas, me parece insultante poner en el centro del debate legalista y moral a un hombre que, efectivamente, ayer se saltó la ley, pero que no deja de ser también un símbolo del país que estamos construyendo. Gordillo, tal lunático que señala a la Luna, lanzó ayer un mensaje que nos debería escandalizar. Y en vez de hablar de ello (que hay gente que pasa hambre, que la exclusión social no es una posibilidad de futuro sino una descripción del presente), discutimos sobre la gravedad de robar comida en una gran superficie (por cierto, para dársela a gente que no tiene la posibilidad que yo, y probablemente la gran mayoría de las que me leen si tenemos: comer). Miramos el dedo y no lo que señala.
Y entonces, en vez de hablar de la exclusión social, de la pobreza, de la indignidad que supone dejar a colectivos sociales absolutamente a la deriva, hablamos del cumplimiento de la ley. Y estamos de acuerdo, la ley hay que cumplirla. Y hablamos también de la propiedad privada. Y estamos de acuerdo, la propiedad privada es un derecho. Pero qué casualidad, de todos modos, que los más escandalizados por este espectáculo de Gordillo no pongan tanto el grito en el cielo cuando saben que hay delincuentes que se han enriquecido con el dinero de todos y que están en la calle; que hay bancos que están siendo rescatados a costa de gente que necesita la comida que reparten los comedores sociales; o que las instituciones públicas se saltan la ley sin consecuencias.
Ya podemos ir, si os parece, cogidos de la mano a explicarle a esas personas socialmente excluidas que sí, que hay que cumplir la ley (pero, mientras tanto, que no esperen cobrar esos 400 euros que van a dejar de recibir algunos parados); que sí, que existe el derecho a la propiedad privada (pero, mientras tanto, o pagas tu casa o me quedo tu casa y me sigues pagando); o que sí, que todos estamos haciendo sacrificios (pero mientras tanto se rescatan a bancos, con nuestro dinero, cuyos directivos se van a casa con indemnizaciones millonarias). Llegado el caso, la mejor respuesta que nos podrían dar, si fueran corteses y educados, es un “gracias, pero no me interesa”.
No podemos caer en la tentación de mirar al dedo y no a la Luna. Si nos ha parecido grave la campaña publicitaria que se ha marcado este diputado, más grave nos debería parecer que estamos dejando a gente por el camino, que aceptamos el discurso de la inevitabilidad, que quizá esta no sea la solución, pero que llevamos dos años con unas políticas que no están sirviendo de nada y que cuando abramos los ojos podría ser demasiado tarde.
Opina lo que quieras, pero vota lo que digo
El affaire de Ernest Maragall (PSC), al no votar lo decidido por su partido en relación al nuevo sistema de financiación catalán, y su consecuente sanción (de algo más de 300 euros) más allá de abrir un debate sobre el rumbo que debe tomar el PSC, ha abierto de nuevo la necesaria discusión sobre lo que es un diputado, su relación con el partido por el que se presenta a las elecciones, su libertad y autonomía personal y su relación con los electores. Un debate que, probablemente, debería abrirse con una reforma de la ley electoral (¡oh, inocencia!), pero que los partidos catalanes (y los del resto de España) no han querido abordar.
Un diputado, en España, vota lo que dice el portavoz del grupo. A la hora de la votación éste levanta su mano y depende del número de dedos que levante, los diputados, sin rechistar, aprietan el voton verde (a favor), rojo (en contra) o el amarillo (abstención). La “disciplina parlamentaria” está reglamentada y no someterse a ella tiene consecuencias. Hay ejemplares casos como los de Mercè Pigem y Carles Campuzano (CiU) a los que su grupo les dio la libertad -como es habitual en este partido en cuestiones que tengan componentes morales- que fueron los únicos de su Grupo que votaron a favor de la ley entre personas del mismo sexo o de la ley de interrupción voluntaria del embarazo del Gobierno Zapatero. Así, el Parlament de Catalunya votó hace unos años la prohibición de las corridas de toros y tanto CiU como el PSC dieron libertad de voto a sus diputados (solo 3 socialistas, entre ellos Toni Comín, se desmarcaron de la mayoría).
En todo caso, veámos otros casos de “indisciplina” parlamentaria muy recientes y sus consecuencias:
- Junio de 2012. Al senador del PP Juan Morano le multan con 1950 euros por votar a favor de las enmiendas del PSOE en relación a las ayudas a la minería.
Asimismo, entre 2004 y 2011, un total de 22 diputados del Congreso fueron sancionados por romper la disciplina de voto. Entre ellos, Antonio Gutíerrez (PSOE), contrario a la reforma constitucional; Celia Villalobos (PP), a favor de los matrimonios entre homosexuales; o Federico Trillo (PP) en contra de la ley del divorcio. En el Congreso, los diputados del PP son sancionados con 300 euros y los del PSOE con 600.
¿Conclusión? ¿En un sistema de listas cerradas de quién es el acta, del diputado o del partido? ¿Qué sentido tiene el parlamentarismo si todos votan en una misma dirección? ¿Las sanciones son el precio a la libertad? ¿Imaginar que un diputado se debe más a un ciudadano que a un partido es mucho soñar? Otro elemento más a solucionar más pronto que tarde si se quiere, de verdad, dignificar el ejercicio de la política. En otros países, no es noticia que los diputados voten cosas diferentes de las que quiere el partido.
