Pagando justos por pecadores

Hace unas semanas circulaba por internet un mail (¡sin fuentes!) dónde se explicaban algunos supuestos ajustes del presidente francés, François Hollande, la mayoría de los cuales tenían mucho que ver con recortes aplicados a políticos y altos cargos. Pues bien, el aplaudido mail, resultó ser falso. Y, en cualquier caso, superficial: sumen las cantidades (astronómicas para la economía de una familia, pero ridículas para unos presupuestos generales) y juzguen. También circuló cierta información que afirmaba que España tenía más de 400.000 políticos… La indignación se aceleró de nuevo, pero resulta que también era mentira. Aunque ya se sabe, ¡calumnia que algo queda!

Mientras tanto, el sensible Gobierno de Mariano Rajoy anunció que reduciría un 30% el número de concejales como si eso fuera a ahorrar mucho (¡el 81% de los concejales no cobran!) y muchos aplaudieron de nuevo. Y ayer mismo se anunció algo tenía que ver con la reducción de diputados autonómicos (en el caso de Galicia; 1 millón de euros de reducción, mientras la Ciudad de la Cultura de Galicia -aún en construcción- lleva consumidos más de 300 millones de euros). ¿La consecuencia de todo ello? Aumenta el desprestigio de la actividad política (por cierto, son los únicos que mandan a los que les podemos poner rostro y, si a caso, hacerles una visita a casa); la sociedad (ya de por sí infrarepresentada) tendrá menos representantes, el bipartidismo aumentará (en consecuencia la pluralidad, ya de por sí insuficiente, desaparecerá de las instituciones) y se presentan otras consecuencias que ni si quiera somos capaces de ver con precisión. El discurso antipolítico debería transformarse en un discurso “anti determinados-estos políticos“, de lo contrario la música de Wagner acompañará a cualquier otro personaje en su entrada por el Palacio de la Moncloa más pronto que tarde.

Paralelamente a todo ello ha empezado a circular una campaña que pide que los diputados con casa en Madrid dejen de percibir los poco más de 1.800 euros que tienen para sus gastos en dietas. Nada que objetar, la verdad, pero siempre y cuando lo contextualicemos. No es lo mismo, por ejemplo, el caso de Elvira Rodríguez que el de Mercè Pigem por mucho que salgan en la misma lista, véamos:

  • MERCÈ PIGEM. La diputada de CiU me cuenta que ha intentado explicar su versión en los medios, pero supongo que la verdad en este caso no era rentable. Pigem, efectivamente, tiene un piso en Madrid que compró antes de ser diputada y que tiene alquilado desde hace muchos años. Precisamente por ello, desde que es parlamentaria duerme en un hotel (¡vive en Barcelona!). Es más, si uno le pregunta (y puede hacerlo en Twitter) dónde duerme exactamente (como hicieron con Campuzano, que lo hace en uno de 2 estrellas), les explicará sin problemas que lo hace en un modesto hotel situado cerca del Congreso.Pigem es licenciada en Derecho por la UAB y cursó también la licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Salamanca (no precisamente por ser amiga del clero; fue junto a Carles Campuzano la única diputada de CiU a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo y a favor de la última ley del Gobierno Zapatero sobre la interrupción voluntaria del embarazo). Además, tiene un máster en psiquiatría forense y ejerce desde 1977 como abogada especializada en el derecho de familia (unos datos que, por cierto, son públicos). Su currículum se complementa como miembro de la Asociación Española y de la Societat Catalana de Abogados de la Familia, así como por haber sido profesora en el ICAB o en la Universidad de Barcelona. Vamos, que es una profesional de larga carrera, que vive en Barcelona, duerme en un modesto hotel de Madrid y que aplica sus conocimientos (que no son pocos) desde un parlamento.
  • ELVIRA RODRÍGUEZ. Diputada del Partido Popular por Jaén (aunque el único vínculo que tiene con esa ciudad es que forma parte del mismo Estado que la suya), licenciada en Ciencias Económicas. Cuenta su ficha del Congreso que ha sido interventora de Hacienda (aunque no explícita si, como Rajoy y su plaza de registrador de la propiedad, ejercer, lo que se dice ejercer, más bien poco). ¿Por lo demás? Ministra de Medio Ambiente, Directora General, secretaria de Estado, Consejera de Transportes de la Comunidad de Madrid; presidenta de la Asamblea de Madrid; senadora por la Comunidad de Madrid. Vamos, una persona que estoy convencido que puede aportar como parlamentaria todo lo que ha aprendido fuera de las instituciones. Y que, efectivamente, para más INRI tal y como se puede ver en su ficha de parlamentaria, además de ser consejera de Caja Madrid, tiene 5 viviendas en la capital. ¡Cinco!

Supongo que es muy guay subirse al carro del populismo y, además, no contrastar. No lo ponen fácil ejemplos como los de Elvira Rodríguez, ese diputado al que le acusan por corrupción y dice que lo hacen por ideología, ese partido que sanciona a un parlamentario suyo por ejercer libremente su libertad en el voto… Cierto, no lo ponen fácil. Pero la política tiene nombres y apellidos. Y, para bien o para mal, la política es lo único que nos queda. A mi me escandaliza, me abruma, me da asco que Andrea Fabra diga (y sobre todo nadie de los suyos la insulte o la eche al segundo) que se jodan los parados, pero… ¿Cuántas veces lo habrán dicho en un Consejo de Administración, habrán hecho esfuerzos para que así sea, y no nos hemos enterado?

Dignificar la política no depende de los ciudadanos, evidentemente, sino de los propios políticos. Aquellos que deberían denunciar sistemáticamente todo lo que les escandaliza, aquellos que deberían votar libremente (por cierto, como Pigem) cuando consideren que lo deban de hacer, aquellos que deben escuchar permanentemente lo que les dicen sectores significativos de la ciudadanía y actuar en consecuencia. Pero es que “los políticos” son ciudadanos como todos nosotros que ejercen una labor colectiva. Políticos deberíamos ser todos. Organizarse colectivamente y ejercer presión debería ser algo irrenunciable, poner el dedo en la llaga de los escándalos debe ser necesario, pero identificar exactamente quiénes son los culpables de todo también. Y aquí, por cierto, tienen una labor esencial los periodistas: ellos están formados para contrastar (y todas las informaciones aparecidas últimamente por las redes sociales si de algo han pecado, han sido de no hacerlo). Una democracia sin políticos y sin periodistas es otra cosa. No me gusta mucho imaginármelo. Soy consciente que unos y otros, en ocasiones, hacen esfuerzos para gozar de tan poco prestigio. Pero desde este humilde blog me gustaría hacer una triple interpelación.

La primera a los políticos: denunciad todo lo que consideréis indigno, creed en vuestra posición en el sistema y escuchad y actuad en consecuencia. No os podéis permitir ni un segundo más a la hora de decepcionar. La segunda a los periodistas: sois absolutamente imprescindibles, porque vosotros contrastáis y sois otra piedra angular de la democracia, no repitáis las dinámicas que determinados políticos nos enseñan y, menos aún, no repitáis las dinámicas empresariales que enseñan que por vender un periódico más, el titular debe ensombrecer a la verdad. Y la tercera a los que ciudadanos como yo, no podemos permitir que el mundo avance sin que no podamos hacer nada. Llámele acción directa, llámele sociedad civil, llámele como quiera. Pero, por favor, me gustaría pensar que en la serenidad de nuestras acciones podemos hacer de este (y suena a tópico) un mundo (ni que sea un poco, un poquiiiiito) mejor.

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