Archivo | enero 2012

¿Todo gratis?

En una semana en la que en nuestra casa CiU certifica, de nuevo, su compromiso no escrito con el PP, y en un momento en el que deberían y podrían confluir intereses e ideales entre socialistas y el Govern de Mas (y parece que puede pasar, pero a cámara muy lenta), el resto del mundo evoluciona (o involuciona, según se mire cada caso) rápidamente.
En Valencia, Camps es declarado no culpable; en Bruselas, el Ecofin insiste en reducir el déficit de la noche a la mañana; y George Soros (el hombre capaz de destruir una moneda) predica la socialdemocracia e invita en Davos a estimular la economía y no centrarse solo en la reducción por la reducción… La guinda del pastel la pone el mismísimo FBI cerrando portales como Megaupload y abriendo repentinamente, una vez más, un necesario debate sobre qué pasa con la propiedad intelectual.
«El dueño de Megaupload pide ser juzgado en Valencia y no en Nueva Zelanda ni EEUU», ironiza una chica en Twitter. Y es que si un jurado popular (extraña cosa) debiera dictar sentencia para el multimillonario (y mafioso) Kim Schmitz, es más que probable que el resultado fuera similar al de Camps .
Lucía Etxebarría debería tranquilizarse cuando ve que se descargan más libros de los que vende –quizá es que no hay muchos dispuestos a pagar determinada cantidad, en ocasiones desorbitada, por sus obras–, y lo mismo pasa con los prohibitivos cedés o las propias películas. Pero de ahí al todo vale (mientras se enriquece un mafioso hasta hace poco desconocido) hay un trecho.
Spotify ya demostró que existen fórmulas mixtas, y muy accesibles, en el terreno de la música, y lo mismo pasa con la edición electrónica de este periódico… La producción de información –o de cultura– tiene costes y obviarlo es peligroso porque de ello dependen (no lo olvidemos) miles de familias.

[artículo publicado en El Periódico de Catalunya]

Más pícaros fuera que dentro

Reivindicar la honestidad de la política no es un ejercicio novelesco; es más bien una necesidad descriptiva. Ni Camps, ni Chirac, ni aquel hombre que preside una Diputación o aquel alcalde que ha acabado en la cárcel deberían ser la imagen que uno tiene de todos sus representantes públicos. Efectivamente, los hay corruptos, los hay vagos, los hay poco inteligentes, feos e incluso guapos… Pero, ¿y en el resto de los sectores? ¿No son más corruptos determinados empresarios? “En un país donde cuando invitas a comer a alguien muchos te piden el tiquet para desgravar, algo falla”, me sugiere un amigo.

La picaresca, ya sea española, italiana, o del Mediterráneo, sobrevuela el subconsciente de muchos. Incluso el de los que la critican. Por ejemplo, ahí está ese hombre que en el bar dice “si yo pudiera, también metería la mano”. El camarero asiente y ríe. ¿Cómo? “En el fondo, todos tenemos nuestras cosillas”, dice otro ciudadano en un debate donde, precisamente, se critica que los políticos se enriquezcan. La ley debería ser muy estricta con aquellos que lo hagan y los partidos muy contundentes a la hora de sancionar sus conductas. Solo así, destacarían las miles de historias de honestidad en política.

Es el caso de una dirigente de una de las juventudes políticas de nuestro país. En las anteriores elecciones al Congreso le propusieron (otro día podríamos criticar, eso sí, el sistema de elección de nuestros representantes) formar parte de las listas de su partido. Hoy hubiera sido diputada y con cierto protagonismo. Con veintitantos años y un caramelo en la boca que le hubiera aportado una gran experiencia y la posibilidad de consolidar su trayectoria –sin un gran sueldo, aunque estable- ella lo rechazó. “Si quiero ser coherente con lo exigido por el 15M, todavía no puedo aceptarlo”, señalaba.

[artículo publicado en El Periódico de Catalunya]

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