Sorprende que semanas antes de que se declarara como primer secretario del PSC a Pere Navarro determinados medios, y gente del partido, ya lo dieran por vencedor. Incluso sorprende más que a un año de la sucesión de Artur Mas en Convergència, todo el mundo (incluso aquellos del partido a los que no les gusta) den por hecho que Oriol Pujol siga la estela del padre y sea convertido en el jefe de filas del partido como si de un título hereditario se tratara.
Mientras tanto, Rubalcaba – después de representar el hundimiento socialista– se reivindica a sí mismo como la imagen de la renovación. Chacón, por su lado, hace un juego de equilibrios cual tramoyista entre su aceptación y su rechazo del legado de Zapatero, entre su amor por España y su vinculación con Catalunya. Pero ni se vislumbra un nuevo PSOE y, ni si- quiera, unas nuevas caras. ¿Y Rajoy ? Desaparecido, como si aún no hubiera asimilado en qué consiste ser presidente, y promoviendo lo contrario de lo que prometió. ¿Recuerdan su eslogan de campaña? «Más trabajo, menos impuestos».
No es de extrañar, pues, que se instale cada día más en toda tertulia o sobremesa que se precie un discurso antipolítico contra el cual, visto lo visto, uno tiene menos argumentos. «Tendrá que venir alguien a salvarnos como ha pasado otras veces en la historia», apuntaba alguien en un restaurante. Escandalizado, hice amago de decir algo, pero la respuesta la encontré en una pared camino del metro: «De ti, de mí y de ella, depende que hagamos alguna cosa».
Dejar de lado nuestro compromiso cívico o político no hará sino instalar dinámicas perversas e incentivar un escenario aún peor que el actual. Soluciones fáciles a realidades complejas son un caramelo que deberíamos no estar dispuestos a digerir y que, gente como los arriba citados, deberían querer evitar.
[artículo original publicado en El Periódico de Catalunya]
