Lo que de verdad importa
Las religiones, el nacionalismo o cualquier otro tipo de tradición basada en dogmas tienen sus mantras. En la política, que también tiene su punto de dogmatismo, en ocasiones, también se habla de «lo que de verdad importa» (práctica poco habitual, por cierto). Probablemente, cada vez que lo hacemos, deberíamos referirnos al bienestar -en abstracto- del conjunto de las personas (la gran mayoría anónimas).
Aun teniendo en cuenta que preservar nuestra cultura -como todas- es importante, ¿por qué se han dedicado más páginas y tertulias a hablar de la inmersión lingüística que a criticar la supresión (ilegal) de la sexta hora en la educación primaria? ¿Por qué nos obcecamos, día tras día, en mirarnos el ombligo -en lo personal y colectivo- y no ver que la importancia de preservar nuestra cultura e identidad no excluye la necesidad de abrirnos al mundo con el inglés y con una educación eficaz que incentive aún más (nunca es suficiente) la igualdad de oportunidades?
Jordi Évole, otrora showman y, desde hace tiempo, uno de los mejores entrevistadores de nuestro país, ha conseguido -con el humor y la ironía como telón de fondo- hablar de «lo que de verdad importa». La semana pasada, cuestionando la poca solidaridad de las grandes fortunas con el conjunto de la sociedad -y la consecuente perpetuación en la pobreza de miles de personas-; y hace dos, hablando del fin de ETA y, por tanto, de la consecuente vida en libertad de miles de ciudadanos en el País Vasco. Y así sucesivamente.
«Lo que de verdad importa» puede ser un mantra o, por otra parte, la obligación con la que todo político o persona que pueda condicionar la vida de terceros -ya sean una, 20 o 3.000 millones- se despierte cada día.
Los hay, aunque, en ocasiones, parece que escasean.