Depende en parte de ti
Cuando participo en algún debate dónde se cuestionan a los representantes políticos por su poca conexión con la realidad o por su ensimismamiento, siempre pongo el mismo ejemplo. Las realidades, en el fondo, no son tan paralelas. Por un lado está Alba, una de mis mejores amigas, que estudia Ciencias Políticas, con una estética rompedora y que hace un discurso, en principio, antipolítico; en el otro, está Clara, alguien también muy especial, que estudia lo mismo que Alba, elegante en las formas –y en el fondo- y militante del partido político del Govern. Uno intenta empatizar con ambas…
Sus aproximaciones políticas, que ilustran el mundo crítico con las instituciones y ese ente alejado más institucional, quizá, son distintas, pero, en el fondo, las dos buscan lo mismo. ¿Quién no quiere que la corrupción sea perseguida? ¿Quién no quiere unas instituciones fuertes ante el mundo financiero? ¿Quién no quiere aportar soluciones a sus problemas? ¿Quién no quiere bienestar social? Pocos.
Ahí están esos dos dirigente socialistas catalanes que poco antes de las vacaciones se reunieron con un grupo de trabajo derivado del 15M. O ahí está ese diputado de CiU que observaba en mayo in situ y con atención lo que estaba pasando en el centro de Barcelona. “No debemos fijarnos en quién lo dice, sino, sobretodo, en lo que dicen”, le insistía a otro parlamentario. Pero son solo algunos ejemplos.
La política la hacen las personas y, como en toda actividad humana, las hay de toda condición. Lo único que nos queda, si no queremos convertir nuestro entorno en la ley del más fuerte, es implicarnos en ella –como hace Alba o Clara-, ya sea desde una asociación ecologista o desde un partido político, estar predispuestos al diálogo y, sobre todo, no declinar nuestras responsabilidades como ciudadanos.
Las drogas y la democracia
Dice la tradición que en Latinoamérica, tras perder la condición de presidente del Gobierno, puedes mostrarte partidario de la legalización del mercado de las drogas. Lejos de querer promover su consumo, y conocedores de las trabas que la sangrienta industria del narcotráfico pone al desarrollo de la democracia en esa parte del mundo, los expresidentes Vicente Fox, César Gaviria, Fernando Henrique Cardoso y otros líderes internacionales en su condición de ex, como el propioFelipe González, Javier Solana o Kofi Annan, apuntan en esa dirección.
El caso de México es paradigmático: las luchas entre mafias se han llevado más de 35.000 vidas desde el 2006 y el narcotráfico condiciona el normal funcionamiento de las instituciones del país. Legalizando esa industria, dicen sus defensores, desaparecen la extorsión, el crimen y la muerte, florece una parte de la economía sumergida (se calcula que un 1% del PIB en el caso de España) y, además, no tiene por qué aumentar el consumo.
Sin embargo, llama la atención que ante un debate tan necesario (por las consecuencias que tendría encontrar una solución) solo se posicionen abiertamente aquellas personas que están alejadas de la primera línea política. Si bien la condición deex da cierta solvencia a sus posiciones, también es cierto que algunos impulsaron políticas diametralmente opuestas a las que ahora promueven.
Aquí también pasa algo parecido. Por ejemplo, ¿no recuerdan a nadie que, una vez fuera de su partido, critique la falta de democracia de este? Es obvio que nuestros representantes no deberían esperar a dejar de serlo para hablar, sin complejos, de los males que afloran, y actuar cuanto antes en consecuencia. ¿O acaso la ética de la convicción solo aparece cuando no se tienen responsabilidades? ¡Es cuestión de principios!
Respuesta a Antonio Robles
¡Qué malo y atrevido es el paternalismo! Y encima, Antonio, dices ser liberal. ‘Me ha enternecido comprobar cómo una buena persona, con buena fe, ha expuesto con nítida claridad la eficacia de la Formación del Espíritu Nacional (FEN) implantado por elfascismo postmoderno de factura catalanista’, dice el ex diputado autonómico Antonio Robles respondiendo a mi última nota a favor de la inmersión lingüística.
No sé si, como cuentas, el nacionalismo tiene, o no, sus mantras. Probablemente, todos aquellos que lo practicáis, aunque creáis que no lo hacéis, y sea el que sea, tenéis los vuestros. De hecho, Antonio, hace casi tres años que te invité a la Universidad a debatir con Sixte Moral (PSC), secretario de política lingüística en el primer Gobierno autonómico de Pasqual Maragall (PSC), sobre política lingüística y lo hiciste con la libertad que quisiste. Y, sin embargo, pese a que el empirismo demuestra lo contrario, hay quienes seguís denunciando que en las universidades catalanas no se puede hablar en castellano y, menos aún, poner en duda y criticar cualquier cosa vinculada a la política lingüística del país donde he crecido. ¡Eso sí es un mantra!
Antonio, si de verdad fuera víctima de un ‘fascismo postmoderno de factura catalanista’, insisto, ni se me hubiera pasado por la cabeza fomentar ese debate (¿para qué?) y, ni siquiera, hubiera invitado a la formación de la que eras candidato aun mediático debate electoral, hace poco más de medio año (¿en cuántos debates electorales participó UPyD en Cataluña?) en la misma Universidad Pompeu Fabra. Debe ser que la buena fe con la que tu condescendencia paternal me describe, entiende que, seas o no favorable al nacionalismo catalán, seas o no nacionalista español, tienes el mismo derecho a opinar que cualquier otro.
Me puedes acusar de muchas cosas, si se trata de insultar podrías llamarme impúber niño Corredor que, incluso, es gracioso, pero aquellos que llamáis fascista a todo lo que no casa con vosotros, hacéoslo mirar. El fascismo mató gente, como hizo Franco (que, por cierto, también prohibió el uso del catalán), pero lo que expuse con mi nota es la defensa de un modelo que, avalado por instituciones de todo el mundo -y la propia Unión Europea- no hace sino garantizar el conocimiento de todos los niños tanto del castellano, como del catalán, y que garantiza una cohesión social que en otras sociedades plurilingües envidian.
En nombre de la libertad pides poder elegir la lengua en la que estudian tus hijos. Pero en nombre de la libertad podrías también pedir el derecho a decidir de las personas, dela suma de sus voluntades individuales hasta ser colectivas, de poder elegir qué estudian tus hijos (si la teoría de la evolución o el creacionismo) o de cualquier otra cosa que puedas imaginar. Libertad y fascismo, ¡qué palabras tan pervertidas!
[artículo publicado en La Voz de BCN]