Modestamente escribí esta semana una Carta al Director en el periódico de Vilanova i la Geltrú, donde vivo, hablando de la absurda polémica del catalán que habla el president Montilla. No obstante, como mi opinión no deja de ser la de un español camuflado en una Cataluña que debería ser homogénea, voy a citar a Pilar Rahola, cuyos orígenes no se pueden poner en duda. Para los lectores que no son de Cataluña la polémica les puede resultar absurda (y lo es), pero, lo que deriva de ella es mucho más serio:
El mito. Montilla no supera el nivel C de catalán. Y ello, para un presidente de la Generalitat, es una vergüenza. Y de este mito se derivan otros que, por ser políticamente incorrectos, sólo son reconocidos a media voz: No es un catalán de verdad, mira que gobernarnos uno que no es pata negra, en el fondo no defiende Catalunya, nunca nos entenderá… Seamos sinceros. ¿Ninguno de nosotros ha oído frases de esta naturaleza en los bajos fondos de las conversaciones cotidianas? ¿No hay, detrás del desprecio al president por su nivel de catalán, un desprecio mucho más severo por su condición identitaria global? ¿Realmente nos creemos que nuestra educada actitud colectiva, por el hecho de que nos gobierne alguien nacido en Andalucía, responde a la convicción de todos? ¿O será más bien que muchos no se atreven a abrir públicamente las zonas oscuras de su propia alma? No nos engañemos. El nivel de catalán no preocupa a nadie, y a la prueba de cómo está globalmente el pobre idioma, me remito. Además, si pasáramos el algodón por el nivel de catalán de muchos alcaldes, diputados y líderes de todos los partidos, incluidos especialmente los convergentes, quedaría tan sucio que mancharía seriamente años de propaganda nacionalista. Lo que preocupa realmente, detrás de una crítica como esta, es que Montilla “no es de los nuestros”. Es decir, que no forma parte del nosotros ideal bajo el cual subyacen algunas ideas patrióticoesenciales. De ahí que la polémica, además de interesada, sea malvada.
Si el mito es ese, los hechos se oponen con contundencia. Los hechos dicen que Montilla ha demostrado una voluntad inequívoca de pertenencia, y que si su nivel de idioma es flojo, no lo es más que el de muchos chavas convergentes que hacen el fatxenda por el Parlament. Con la diferencia de que ellos sí son pata negra. Los hechos dicen que Montilla ha sido capaz de defender el catalán, ante algunos exabruptos lerrouxistas, con toda la carga simbólica que tenía su defensa. Y que ha sido en estas situaciones donde le ha surgido una pasión generalmente nada compatible con su carácter. Los hechos dicen que tener un president que defiende Catalunya desde sus orígenes andaluces otorga un plus de verdad democrática a nuestra sociedad, tan sana que generalmente le importa un pepino dónde ha nacido cada uno. Los hechos aseguran que Montilla rompe los esquemas allí donde cabalgan los discursos del españolismo más rancio. Los hechos dicen, también, que fue una mujer, Manuela de Madre, quien, justamente por haber nacido en Andalucía, emocionó a toda Catalunya cuando defendió apasionadamente el Estatut en Madrid. Los hechos aseguran que a la gente no le importa dónde nació el president, o si tiene un buen nivel de catalán, sino cómo gobierna, cuáles son sus prioridades, cuál su compromiso con el país.
Los hechos no ponen en duda que Montilla es un hijo de esta tierra de mezclas, capaz de crear una sola identidad desde la voluntad de vivir juntos y entendernos. Y, finalmente, los hechos nos dicen mucho más. Nos dicen que algunos que usan el nombre de Catalunya en todos los discursos y se apropian de él como si fuera el patio trasero tienen empresas donde no se etiqueta en catalán, ni se pide el catalán a nadie, ni preocupa para nada el compromiso nacional que después exigen en la retórica. Los hechos son tan contundentes que hacen sonrojar a las palabras. Pero los mitos tienen fuerza. De ahí que, lejos de criticar lo criticable, si se gobierna bien (que no siempre), si se mantienen consellers que no son eficaces (que así es), si es vergonzoso que el PSC no tenga grupo parlamentario propio (y es vergonzoso), si nos están tomando el pelo con la financiación (y nos lo están tomando), etcétera, lejos, pues, de hacer política de altura, los hay que se apuntan a los mitos porque son rentables.
Los mitos se nutren de los líquidos del estómago, habitan los territorios yermos de ideas, conectan con el prejuicio y el miedo. Y ¿qué hay más estomacal, más mítico, más simple que ahondar en la herida del idioma? Importa poco que, por el camino, se dejen heridas inútiles y tierra quemada. Lo que importa es que tienen eficacia.
Hoy, 9 de agosto, el president Montilla ya ha advertido de las consecuencias que puede tener no cumplir con lo que marca el Estatut, una ley orgánica de rango superior. Por tanto, lecciones de catalán las que haga falta, pero de cómo ser catalán, ninguna.
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