[artículo publicado en El Periódico de Catalunya]
Reivindicar la honestidad de la política no es un ejercicio novelesco; es más bien una necesidad descriptiva. Ni Camps, ni Chirac, ni aquel hombre que preside una Diputación o aquel alcalde que ha acabado en la cárcel deberían ser la imagen que uno tiene de todos sus representantes públicos. Efectivamente, los hay corruptos, los hay vagos, los hay poco inteligentes, feos e incluso guapos… Pero, ¿y en el resto de los sectores? ¿No son más corruptos determinados empresarios? “En un país donde cuando invitas a comer a alguien muchos te piden el tiquet para desgravar, algo falla”, me sugiere un amigo.
La picaresca, ya sea española, italiana, o del Mediterráneo, sobrevuela el subconsciente de muchos. Incluso el de los que la critican. Por ejemplo, ahí está ese hombre que en el bar dice “si yo pudiera, también metería la mano”. El camarero asiente y ríe. ¿Cómo? “En el fondo, todos tenemos nuestras cosillas”, dice otro ciudadano en un debate donde, precisamente, se critica que los políticos se enriquezcan. La ley debería ser muy estricta con aquellos que lo hagan y los partidos muy contundentes a la hora de sancionar sus conductas. Solo así, destacarían las miles de historias de honestidad en política.
Es el caso de una dirigente de una de las juventudes políticas de nuestro país. En las anteriores elecciones al Congreso le propusieron (otro día podríamos criticar, eso sí, el sistema de elección de nuestros representantes) formar parte de las listas de su partido. Hoy hubiera sido diputada y con cierto protagonismo. Con veintitantos años y un caramelo en la boca que le hubiera aportado una gran experiencia y la posibilidad de consolidar su trayectoria –sin un gran sueldo, aunque estable- ella lo rechazó. “Si quiero ser coherente con lo exigido por el 15M, todavía no puedo aceptarlo”, señalaba.
El miércoles participé junto a otros tres jóvenes -una diputada en el Congreso, el propietario del principal fabricante de smartphones de España y el creador de la ONG The South Face, Borja Juez- en la tertulia de 21h a 22h de Hora 25 en la SER para hablar de la crisis… Y como al mal tiempo, buena cara, allí está esa dedicatoria que le hice a Antònia Font y a su “Alegria”…!
Sorprende que semanas antes de que se declarara como primer secretario del PSC a Pere Navarro determinados medios, y gente del partido, ya lo dieran por vencedor. Incluso sorprende más que a un año de la sucesión de Artur Mas en Convergència, todo el mundo (incluso aquellos del partido a los que no les gusta) den por hecho que Oriol Pujol siga la estela del padre y sea convertido en el jefe de filas del partido como si de un título hereditario se tratara.
Mientras tanto, Rubalcaba – después de representar el hundimiento socialista– se reivindica a sí mismo como la imagen de la renovación. Chacón, por su lado, hace un juego de equilibrios cual tramoyista entre su aceptación y su rechazo del legado de Zapatero, entre su amor por España y su vinculación con Catalunya. Pero ni se vislumbra un nuevo PSOE y, ni si- quiera, unas nuevas caras. ¿Y Rajoy ? Desaparecido, como si aún no hubiera asimilado en qué consiste ser presidente, y promoviendo lo contrario de lo que prometió. ¿Recuerdan su eslogan de campaña? «Más trabajo, menos impuestos».
No es de extrañar, pues, que se instale cada día más en toda tertulia o sobremesa que se precie un discurso antipolítico contra el cual, visto lo visto, uno tiene menos argumentos. «Tendrá que venir alguien a salvarnos como ha pasado otras veces en la historia», apuntaba alguien en un restaurante. Escandalizado, hice amago de decir algo, pero la respuesta la encontré en una pared camino del metro: «De ti, de mí y de ella, depende que hagamos alguna cosa».
Dejar de lado nuestro compromiso cívico o político no hará sino instalar dinámicas perversas e incentivar un escenario aún peor que el actual. Soluciones fáciles a realidades complejas son un caramelo que deberíamos no estar dispuestos a digerir y que, gente como los arriba citados, deberían querer evitar.
[artículo original publicado en El Periódico de Catalunya]
“Es pronto para afirmar si el PSC ha retomado un camino ascendente frente a la prosecución de la decadencia“, dice Joaquim Coll en El Periódico. Mientras tanto, Enric Juliana, de La Vanguardia, se atrave y vaticina que se ha iniciado “una lenta deriva que apunta hacia las costas del socialismo valenciano”. O sea, que la decadencia es inevitable. Sea como sea, el PSC ha logrado en tres días no dividir al partido, mientras con pequeños gestos se ha ido avanzando en la apertura del mismo (la votación secreta de todos sus cargos y, sobre todo, la ineludible cita de unas primarias abiertas a la ciudadanía para elegir a todos sus candidatos), ha dibujado algunas líneas rojas (el anacronismo de declararse abolicionistas de la prostitución o la necesidad de tener voz propia, que no grupo parlamentario propio, en el Congreso de los diputados) y ha dejado muchos interrogantes por responder. Pero, no es de extrañar; quiénes esperen, dentro o fuera del partido, que en tres días todo haya cambiado de la noche a la mañana van a llevarse o se han llevado una gran decepción.
Esta mañana me han invitado a la clausura de lo que llaman el Nou PSC. Y el nuevo PSC, en cualquier caso, necesita meses de maduración. Todavía no es mayor de edad. No será de la noche a la mañana cuando las prácticas cainitas (habituales en casi todos los partidos, lamentablemente) desaparezcan; ni será de la noche a la mañana cuando cualquier cara que recuerde a un pasado donde se acumularon los errores pasen a una vida mejor; ni será de la noche a la mañana cuando sepan redibujar qué modelo territorial fuerza el proceso postestatutario; ni será de la noche a la mañana cuando cambie la dirección del Grupo Parlamentario (como algunos me advertían, por muy urgente que se me presente); ni será de la noche a la mañana cuando el debate de ideas cobre protagonismo de nuevo en un contexto de necesaria redefinición ideológica para la socialdemocracia…
Pero, ¿por qué se le exige al PSC lo que no se le exige a otros partidos? Se presume tan necesario exigirle compromisos al PSC, como hacer lo propio con Alicia Sánchez-Camacho o Artur Mas y exigirles más concreciones; criticar sus ambigüedades; denunciar sus luchas cainitas; demandar más rostros nuevos en sus partidos; o pedir más relevancia a sus fundaciones de pensamiento… En la dulce conquista del poder no hay mucho tiempo para pensar; y en el PSC lo deben tener tan asumido como que la travesía en el desierto tiene el riesgo de acabar como pasara en la UCD (existe, en cualquier caso el peligro de dejar a Catalunya sin un partido fuerte de la oposición). Ahora bien, quiénes desde cierta superioridad (moral, pero también electoral) les miran por encima del hombro, deberían evitar cometer los mismos errores del PSC si no quieren verse dentro de unos años en una situación parecida.
